sábado, 1 de septiembre de 2007

Lederman (4): una metáfora sobre lo elemental


1) Me anima pensar que incluso el Sr. Lederman "copia" ideas de otros (de Lucrecio, en este caso).

2) Me maravilla el respeto e insistencia con que trata y habla de los clásicos. De los clásicos, clásicos: griegos, etc… ¡Veréis que diálogo se marca con Demócrito más adelante (no hoy)! Y también me anima, porque también a mí me gustan cada vez más ("deja al chico si así se siente algo más listo"): me parece casi increíble que después de tanto progreso y tanta historia nuestros problemas (entendidos como la fuente de nuestro malestar) sean prácticamente los mismos que ellos detectaron.

3) ¡Con qué elegancia muestra la "economía mental y constructiva" que supone acercarse a lo elemental!


La biblioteca de la materia

Cuando explico la física de la partículas fundamentales, a menudo utilizo (y retoco) una bella metáfora del filósofo y poeta romano Lucrecio. Supón que nos asignan la tarea de descubrir los elementos básicos de una biblioteca. ¿Qué haríamos? Podríamos organizar los libros por materia: historia, ciencia, biografías. O por sus dimensiones: grueso, delgado, alto, bajo. Tras considerar varios modelos organizativos seremos conscientes que un libro es un objeto complejo que puede ser dividido fácilmente. Miraríamos en su interior: capitulos, párrafos y frases serían descartados rápidamente por tratarse de constituyentes complejos y poco elegantes. ¡Las palabras! En este momento recordaríamos que sobre una mesa cerca de la entrada se encontraba un grueso catálogo que contenía todas las palabras de la biblioteca –un diccionario. Siguiendo ciertas reglas de comportamiento, denominadas gramática, podemos usar las palabras del diccionario para componer todos los libros de la biblioteca. Las mismas palabras son utilizadas una y otra vez, juntadas unas con otras de muchas maneras diferentes.

Pero son demasiadas palabras. Una siguiente reflexión nos llevará hasta las letras, puesto que las palabras pueden "trocearse". ¡Ahora sí! veintiséis letras con las que pueden elaborarse unos centenares de palabras, con los que pueden elaborarse millones (¿miles de millones?) de libros. Por supuesto, hemos necesitado un nuevo conjunto de reglas para limitar el número de combinaciones posibles entre letras.
Sin la participación de un joven crítico seguro que nos lanzaríamos a publicar, prematuramente, nuestro descubrimiento. El joven crítico nos diría, con aire de satisfecho, sin duda: "No necesitas 26 letras, abuelo. Con un 1 y un 0, es suficiente." Los chicos de hoy crecen jugando con pesebres digitales y se sienten cómodos con los algoritmos computacionales que convierten ceros y unos en letras del alfabeto. Si eres demasiado viejo para esto, quizás seas lo suficientemente mayor para recordar el código Morse, compuesto de puntos y rayas. En cualquiera de los dos casos, con dos caracteres y el código apropiado podemos representar las 26 letras, deletrear cualquier palabra del diccionario; con ayuda de la gramática, escribir cualquier frase, párrafo, capítulo y, finalmente, libros. Y los libros hacen la biblioteca.
Al separar el 0 y el 1 hemos descubierto lo primordial, los componentes a-tómicos de la biblioteca. En la metáfora, imperfecta por tanto, el universo seria la biblioteca, las fuerzas de la naturaleza, la gramática, la ortografía y los algoritmos computacionales. Y el 0 y el 1 serían lo que llamamos quarks y leptones, nuestros actuales candidatos a a-tomos de Demócrito.
Leon Lederman, The God particle