miércoles, 28 de noviembre de 2007

Un amor especial

Así se llama un librito que he leido recientemente y me ha parecido commovedor. Es de Kenzaburo Oé, escritor que tras aceptar el premio Nobel anunció que dejaría de escribir novelas. La razón por la que escribía, dijo, era para darle una voz a su hijo que padece una seria minusvalía -física y psíquica– debido a una hidrocefalia. Ahora su hijo ya tiene "voz" propia. La voz de la composición musical.

Ya he comentado alguna vez que me encanta leer a Oliver Sacks: me ayuda a reposicionarme frente a los conceptos de anormalidad/normalidad, discapacidad, minusvalía, sufrimiento propio y ajeno, etc. Me parece algo fundamental. Pues este libro ha tenido sobre mí un efecto similar.

Y, no, no es un libro triste (tampoco humorístico, desde luego).

Ahí va un fragmento (que podría titularse "el poder de la música", cosa que también me seduce):

HACE DOS AÑOS, y a nuestras expensas, mi mujer y yo publicamos una colección de las composiciones para piano de nuestro hijo Hikari. En el epílogo escribí las líneas siguientes, que quiero citar aquí porque creo que dan una idea de la naturaleza de su minusvalía y del significado que la música tiene para él.

Hikari nació con un defecto cerebral. En un sentido muy literal, podría decirse que «volvió a nacer» cuando le intervinieron quirúrgicamente para corregir ese problema. El cirujano que le operó y después le atendió durante muchos años era Nobuo Moriyasu, y la pieza Réquiem por M se inspira en su muerte. Posee una tristeza desgarradora que impresionó fuertemente a los familiares de Hikari, pues la música es el único medio que nos permite comprender sus emociones.

A medida que Hikari crecía, fue revelándose gradualmente que su desarrollo mental sería más lento que el de los demás niños, pero mi mujer recuerda que tenía una gran sensibilidad para la música desde que era un bebé. Cuando apenas tenía tres años, ya reconocía una pieza de Beethoven («Bebe») o Chopin («Unpa»), que hacíamos sonar casi continuamente en su cuarto infantil. (También mi mujer, joven madre de un primogénito minusválido, debía de encontrar cierto consuelo en la música mientras permanecía sentada al lado de la cuna.) Por mi parte, al observar que el niño era especialmente sensible al canto de los pájaros, me apresuré a comprarle un disco que contenía un centenar de trinos de aves, y se lo ponía con una frecuencia casi maniaca. Este capricho mío tuvo su recompensa un día, en el bosque que rodeaba la casita de campo donde pasábamos las vacaciones estivales, cuando Hikari, que por entonces tenía cinco años, con una voz que imitaba exactamente a la del locutor de mi disco, de repente identificó a un ave: «Eso es un rey de codornices», dijo con el tono solemne de la voz en off, una breve frase que, en realidad, era su primer intento inteligible de usar el lenguaje para comunicarse con nosotros.

Cuando creció y empezó a asistir a una clase especial en su escuela elemental y, más adelante, durante la enseñanza media, a una escuela para minusválidos, su interés por el canto de los pájaros disminuyó y la música ocupó el primer plano. Mozart y Bach, junto con sus primeros amores, Beethoven y Chopin, se convirtieron en sus inseparables compañeros. Sin embargo, hubo que esperar a que Kumiko Tamura empezara a enseñarle a tocar el piano para que Hikari tuviera oportunidad de componer su propia música. Puesto que su minusvalía afecta también a sus capacidades físicas, la señora Tamura no insistió en someterle a muchos ejercicios de dedos, y en cambio ideó pacientemente diversas maneras para que aprendiera a distinguir los acordes y empezara a componer melodías, hasta el día señalado en que mi mujer y yo tuvimos ante nuestros ojos una página cubierta con lo que parecían brotes de judías: la primera composición de Hikari.

Cuando estoy sentado cerca de él con un libro en las manos, escuchando sus lecciones de piano, percibo que los aspectos mejores y más humanos de su carácter encuentran una expresión enérgica y fluida, y al escuchar las obras que ha producido, interpretadas por la señora Tamura y otros músicos que le han prestado generosamente su apoyo, me siento lleno de admiración por la riqueza de su vida interior. Sin embargo, es una vida que, de no haber sido por la música, habría permanecido oculta, que mi mujer y yo, así como los hermanos menores de Hikari, habríamos desconocido por completo. No tengo credo alguno, pero me resulta difícil negar que existe algo..., algo tal vez afín a la «gracia», en esta música. Sí, al escuchar la música de Hikari, ofrecida al público más allá de nuestra experiencia cotidiana en la que parece participar, aprecio en ella todos los matices del término «gracia», tanto un conjunto de cualidades que hacen agradable a una persona y cierto atractivo independiente de la perfección formal como una expresión de agradecimiento.

Kenzaburo Oé, Un amor especial. Editorial: Martínez Roca

Aquí puedes leer algún otro fragmento del libro: fragmento 2 y fragmento 3.

Aquí, una
entrada que me ha gustado acerca del librito en cuestión, en la qué (¡bingo!) encontrarás dos enlaces a unas interpretaciones de música de Hikari. En una de ellas incluso puedes ver a Hikari con su padre.

Por último, una
reseña interesante de una visita del Sr. Kenzaburo Oé a Barcelona.

2 comentarios:

laMima dijo...

El libro es una maravilla, una reflexión imprescindible sobre las familias, la discapacidad...a mí me encantó también.
Quiero leerme "Una cuestión personal", anterior a éste, y que debe tener una mirada más dura.
Lo haré cuando me sienta preparada.
Saludos.
PD Supongo que, ya que lo mencionas, también habré de hacerme con algo de Oliver Sacks...a ello pues.

Luis dijo...

Es una aproximación diferente a la de Kenzaburo Oé: en definitiva sus pacientes NO son sus hijos (lo cual me parece algo muy significativo). Pero creo que los trata con mucho más que curiosidad, con una gran humanidad y respeto. Sin duda, una persona sensible a las diferencias.

De hecho, ¿no puede decirse lo mismo del doctor que operó y trató (en el sentido más amplio de la palabra) a Hikari?

Como Oliver Sacks tiene muchos libros, al margen de que te asesores, creo especialmente representativos "el hombre que confundió a su mujer con su sombrero" y "un antropólogo en Marte".

Un saludo.
Luis