jueves, 20 de diciembre de 2007

Vida y destino

Bueno amiguetes, esto de las vacaciones se aproxima así que, probablemente, el de hoy será el último del año…

Y viene motivado por una "e-conversación" con un amigo. Amante de los libros, él, se plantea NO leerse uno grande (de tamaño y entidad). Vida y destino, de Vasili Grossman. Por lo que se ve está siendo uno de los muy vendidos del año, muy buenas críticas y tal. Yo lo he empezado a leer:
  • porque ya lo tenía comprado
  • antes de aborrecerlo (gracias a esa capacidad tan especial que tienen los medios de comunicación de machacarte vivo con ciertos "productos").
Además George Steiner habla maravillas del libro. Y, para mí, lo que dice Steiner va a misa: me gusta muchísimo. Fijáos que lo leo aunque no siempre lo entiendo… ¡Eso es de lo mucho que me gusta! Si no, ¡de qué!. De un escritor que no entiendo acabo pensando "Este tío va de listo" (hay otra opción: sentirme gilipollas, y tampoco me gusta nada). En fin –no te enrolles Luis– que si lo dice Steiner, yo pliego las orejas hacia abajo y punto.

Pero Vida y destino, que es un libro grande –como ya he dicho y resulta evidente cuando lo coges en tus manos–, me está pareciendo grandioso en su calado. Ésta es una opinión provisional dado que sólo llevo leídas 300 de las más de mil y pico páginas que tiene. ¡Pero es que 300 páginas impresionantes en un libro ya son muchas!

Así que voy a intentar que mi amigo se replantee la lectura de Vida y Destino. ¿Cómo? Fácil. Yo cojo unos trocitos de los tres últimos capítulos leídos y… Podría abrir el libro en cualquier capítulo de los que llevo leídos…

Capítulo 50. En los anteriores habla de unos cuantos viajeros que coexisten en un vagón de un tren alemán que se dirige hacia un campo de concentración. De repente, capítulo 50. De cinco páginas. Creo que aún no ha habido otro de este tipo, de corte 100% filosófico.

No, esta sumisión nos habla de una nueva fuerza terrible que triunfó sobre los hombres. La extrema violencia de los sistemas totalitarios demostró ser capaz de paralizar el espíritu humano en continentes enteros.
...
Uno de los medios de los que se sirve el fascismo para actuar sobre el hombre es la total, o casi total, ceguera. El hombre no cree que vaya al encuentro de su propia aniquilación. Es sorprendente que aquellos que se encontraban al borde de la tumba fueran tan optimistas. Sobre la base de la esperanza –una esperanza absurda, a veces deshonesta, a veces infame–surgió la sumisión, que a menudo era igual de miserable y ruin.

La insurrección de Varsovia, la insurrección de Treblinka, la insurrección de Sobihor, las pequeñas revueltas y levantamientos de los Brenner nacieron de la desesperación más absoluta. Pero, naturalmente, la desesperación total y lúcida no generó sólo levantamientos y resistencia: engendró también el deseo –extraño en un hombre normal– de ser ejecutado lo más pronto posible.

La gente discutía por el puesto en la cola hacia la fosa sangrienta mientras en el aire resonaba una voz excitada, demente, casi exultante:

—Judíos, no tengáis miedo. No es nada terrible. Cinco minutos y todo habrá terminado.

Todo, todo engendraba sumisión, tanto la esperanza como la desesperación. Sin embargo, los hombres, aunque sometidos a la misma suerte, no tienen el mismo carácter.

Es necesario reflexionar sobre qué debió de soportar y experimentar un hombre para llegar a considerar la muerte inminente como una alegría. Son muchas las personas que deberían reflexionar, y sobre todo las que tienen tendencia a aleccionar sobre cómo debería de haberse luchado en unas condiciones de las que, por suerte, esos frívolos profesores no tienen ni la menor idea.

Una vez establecida la disposición del hombre a someterse ante una violencia ilimitada, cabe extraer la última conclusión, de gran relevancia para entender la humanidad y su futuro.

¿Sufre la naturaleza del hombre una mutación dentro del caldero de la violencia totalitaria? ¿Pierde el hombre su deseo inherente a ser libre? En esta respuesta se encierra el destino de la humanidad y el destino del Estado totalitario. La transformación de la naturaleza misma del hombre presagia el triunfo universal y eterno de la dictadura del Estado; la inmutabilidad de la tendencia del hombre a la libertad es la condena del Estado totalitario.

He aquí que las grandes insurrecciones en el gueto de Varsovia, en Treblinka y Sobibor, el gran movimiento partisano que inflamó decenas de países subyugados por Hitler, las insurrecciones postestalinianas en Berlín en 1953 0 en Hungría en 1956, los levantamientos que estallaron en los campos de Siberia y Extremo Oriente tras la muerte de Stalin, los disturbios en Polonia, los movimientos estudiantiles de protesta contra la represión del derecho de opinión que se extendió por muchas ciudades, las huelgas en numerosas fábricas, todo ello demostró que el instinto de libertad en el hombre es invencible. Había sido reprimido, pero existía. El hombre condenado a la esclavitud se convierte en esclavo por necesidad, pero no por naturaleza.

La aspiración innata del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada pero no aniquilada. El totalitarismo no puede renunciar a la violencia. Si lo hiciera, perecería. La eterna, ininterrumpida violencia, directa o enmascarada, es la base del totalitarismo. El hombre no renuncia a la libertad por propia voluntad. En esta conclusión se halla la luz de nuestros tiempos, la luz del futuro.
Capítulo 51. Una página. Ahí va completo. Purita reflexión…

Una máquina eléctrica puede efectuar cálculos matemáticos, memorizar acontecimientos históricos, jugar al ajedrez, traducir libros de una lengua a otra. Supera al hombre en su capacidad de solucionar con mayor rapidez problemas matemáticos; su memoria es impecable.

¿Existe un límite al progreso que crea máquinas a imagen y semejanza del hombre? Evidentemente la respuesta es no.

Se puede imaginar la máquina de los siglos y milenios futuros. Escuchará música, sabrá apreciar la pintura, ella misma pintará cuadros, compondrá melodías, escribirá versos.

¿Hay un límite a su perfeccionamiento? ¿Podrá ser comparada a un hombre? ¿Lo sobrepasará?

La reproducción del hombre por parte de la maquina necesitará cada vez más electrónica, volumen y superficie.

El recuerdo de la infancia, las lágrimas de felicidad, la amargura de la separación, el amor a la libertad, la compasión hacia un perrito enfermo, la aprensión, la ternura maternal, la reflexión sobre la muerte, la tristeza, la amistad, la esperanza repentina, la suposición feliz, la melancolía, la alegría inmotivada, la turbación inesperada...

¡Todo, la máquina lo reproducirá todo! Sin embargo, sobre la Tierra no habrá lugar suficiente para colocar la máquina, esa máquina cuyas dimensiones siempre continuarán creciendo en medida y peso como si intentara recrear las particularidades de la mente y el alma del hombre medio, del hombre insignificante.

El fascismo aniquiló a decenas de millones de hombres.

Capítulo 52. Diez páginas. Cambio de plano: en un lugar dónde un batallón acaba de recibir la orden de entrar en la contienda.
En una casa espaciosa, luminosa y limpia de un pueblo situado en un bosque de los Urales, Nóvikov, el comandante del cuerpo de tanques, y el comisario Guétmanov acababan de examinar los informes de los comandantes de las brigadas que habían recibido la orden de salir de la reserva y entrar en servicio activo.

El trabajo insomne de los últimos días había dado paso a una calma momentánea.

Como suele suceder en esos casos, a Nóvikov y a sus subordinados les daba la impresión de que les había faltado tiempo para completar la instrucción de los reclutas. Pero ahora el periodo de instrucción había llegado a su fin, había acabado la asimilación de la óptica, los equipos de radio, los principios de balística y el funcionamiento de los motores y las piezas móviles; había terminado el periodo de prácticas de la dirección del tiro, de evaluación, elección y repartición de los objetivos, de determinación del momento propicio para abrir fuego, de la observación de los impactos, de la introducción de modificaciones, del cambio de objetivos.

El nuevo maestro, la guerra, enseña rápido, hace trabajar a los rezagados, llena las lagunas.

.../...

—Lo principal es cómo el camarada combatirá al alemán, ése es mi marxismo –declaró Nóvikov–. Y dónde rece su abuelo a Dios, si en una iglesia, en una mezquita… –meditó un instante y añadió–: o en una sinagoga, a mí me da lo mismo… Yo pienso así: lo principal en la guerra es disparar.

Espero que estos trocitos leídos "al azar" te permitan intuir que es un libro que vale la pena… Mira que no he querido poner unas reflexiones sobre física que hace uno de los protagonistas, que es físico… Si es que, ¡ya lo decía Steiner! :-)

PD: el otro día os comenté de un libro de Kenzaburo Oé que podía parecer triste; no fue mi percepción. Creo que era un libro esperanzador. Éste me está resultando bastante bastante más duro… Por si alguno está flojillo de ánimo.

1 comentario:

.NA dijo...

Sóc la filla del Josep,
t'he vist a favorits i he decidit passar-me.

Espero que tot vagi bé.