lunes, 9 de junio de 2008

La Magia de Álvaro Cunqueiro

Y, para acabar con el tema de la magia (tratada como me gusta), unos trocitos más de Álvaro Cunqueiro. Del libro que le acabo de leer, "El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes".
[¡Cómo escribía este señor! ¡Vaya envidia!]


Primero, un trocito de visitantes tenebrosos en tiempos de cometa. Poético pero, al final, sin concesiones hacia lo sobrenatural (me parece).
— ¿Existen esos visitantes de la tarde? —preguntaba María.

— Existen, y son hermosamente tenebrosos. Pueden crear belleza tenebrosa allí donde miran.

— ¿No hay medicina?

— Sí. ¡Morir!

— ¿Estuviste tú en peligro?

— En la taberna, no, pero sí en esta casa. Era una mujer. Salió del armario, haciendo rodar los membrillos por el suelo. Se me acercaba, a la vez triste y sonriente, abriendo los brazos. A cada paso sus ropas se hacían más transparentes, se convertían en cortinas de agua, y dejaban ver un cuerpo verdoso. De pronto, un pez rojo giró sobre su vientre, huyó hacia su cabello. La reconocí. Era la que llaman la Dama del Lago. Tranquilo, con voz grave, como la que manda poner en los pésames el Secretario de la Buena Educación, le pregunté: «¿Por qué has resucitado?». Sollozando, se deshizo al instante en un puñado de agua, que cayó al suelo. En el charco, se debatía el pez rojo. Un pez de verdad, uno de los peces rojos del lago. Este pez me salvó, me dio la nota real de la situación, fue una realidad que impidió que yo aceptase la realidad de ella, que estaba tomando cuerpo ante mis ojos. Mi pregunta no le permitió pasar de fantasma a amante.

De segundo, el rey Arturo (sí, el de Camelot) está jorobado y su reino, muy venido a menos. Vamos, pasando una crisis. ¿Parecida a la que incansablemente nos describen los telediarios de esta temporada? Tomen nota los políticos…

— ¡No sabía que estaba tan delicado el gran rey! —comentó Paulos, quitándose la birreta, e inclinando la cabeza, respetuoso y compadeciente.

— ¡Más jodido que delicado! —apostilló Matías—. ¡Ya sabrás lo soñador que fue siempre de aventuras montadas!

—¿Hay más novedades? —le preguntaba Paulos a Matías, pasándole discreto una moneda de plata, haciendo que miraba si había damas en las ventanas.

— Según lo que se entienda por novedades. ¡Para ti, que eres forastero en Camelot, casi todo lo que ahora es para nosotros el pan nuestro de cada día, será la edición de última hora!

Con la punta de la lengua, le señalaba Matías a Paulos los caballos que abrevaban en la fuente.

— ¿Ves lo quietos que están, las cabezas siempre inclinadas?

— Veo. ¿Están encantados?

— ¡Nada de eso! ¡Son de cartón!

— Pues muy bien imitados. ¡Yo estaba reconociendo el ruano de don Parsifal!

— De cartón, recubiertos con verdadera piel de caballo, eso sí. Los sacaron hoy para quitarles el polvo, que lo más del tiempo lo pasan en las cuadras. Según se mire, todo sigue igual. Quiero decir que igualito para el forastero, como tú, o para los embajadores. Llenamos el patio de caballos y de gentes atareadas, yo arreglando la correa de una espuela, otro herrando el único caballo de verdad que queda de las antiguas cuadras, y que pese a sus cincuenta se conserva lozano, porque en un descuido de don Lanzarote se comió unas pastas cosméticas que el caballero traía para doña Ginebra, y que eran rejuvenecedoras del cutis. Pasa los días adormilado, toqueando siestas, y espabila algo cuando lo van a buscar a la cuadra, que ya sabe que es para herrarlo, y aunque está consciente de que es teatro el que se diga a su alrededor que lo hierran porque va a ser montado, que aguardan a su amo en el palenque de Vindilisora famoso, busca mostrar la fuerza antigua. La escena tiene que durar solamente unos minutos, los que tarda en cruzar el embajador el patio, que al bayo Cercedilla, que así le llaman desde el almuerzo de cosmética, porque le dio por rechazar las yeguas y ponerse de perfil a la anochecida, para que lo admirasen los potros; digo que al bayo Cercedilla le entran sudores, y a veces tiene que arrodillarse, por las calambres.

Hubo el proyecto, cuando se fabricaron los caballos de cartón, de ponerles maquinaria alemana, que les hiciese levantar la pata, mover el cuello, y a dos o tres se les metería en el pecho un tubo aspirador de aire, y éste pasaría por dos palletas de madera de saúco, con lo cual los caballos relincharían. Eso sí, solamente los días de fuerte viento, porque la fuerza que había de mover el aspirador la proporcionaba el viento en las colas de los caballos. A las colas se las pondría rígidas, para que el norte o el oeste tuviesen que hacer más fuerza, y giratorias. ¡La técnica del molino de viento!

— ¿Y por qué no se hizo?

— ¡Por el déficit perpetuo de este reino!