martes, 8 de julio de 2008

Pereza infinita

Intentanto poner orden en mi ordenador –en efecto el nombre de semejantes aparatos es una k-killa: más un deseo que otra cosa. De hecho términos como "enorme cajón electrónico" o, simplemente, "DESordenador", serían mucho más apropiados en muuuuuuuuuuchos casos– he encontrado esta pequeña maravilla (¡de la que NO apunté la referencia! ¡Arrrggggg!!! En cuanto la localice…).

Aún así, y dada la desvergüenza propia de este blogger-de-pacotilla, lo voy a publicar. Porque:
  • insiste en el tema de "lo elemental" que tanto me gusta;
  • lo hace de una manera muy poética, muy hermosa; y eso, creo, ayuda a desmontar la absurda creencia de que la ciencia está ligada a una cierta INsensibilidad;
  • el título me venía al pelo para poder hacer referencia, sin entrar en detalles anímicos, a este "estado macroscópico" de pereza infinita en qué me encuentro.
El contexto es el siguiente: supón que deseas crear un Universo. ¿Cuál es la cantidad mínima de ingredientes necesaria?

La cuestión que se nos plantea ahora es la siguiente. Supongamos que usted prefiere ser un creador infinitamente perezoso: ¿cuál es la especificación mínima que puede hacer? ¿Es realmente necesario tomarse la molestia de especificar unas cien clases diferentes de átomo? ¿Es posible especificar un simple puñado de cosas, las cuales, si existen en las cantidades apropiadas, conducen primero a elementos y luego a elefantes? ¿Puede la totalidad del universo llevarse de nuevo a una sola cosa que, si se especifica de forma apropiada, conduzca inevitablemente a los elefantes? ¿Podría usted (siendo infinitamente perezoso) evitar, de hecho, especificar y hacer incluso eso? Si pudiera (y nos faltará poco para ver que sí puede), no habría ningún papel para usted en la creación de su universo.

A estas alturas, nuestra tarea ya debería ser clara. Debemos embarcarnos en el camino del cero absoluto de participación creativa en la creación, el cero absoluto de intervención. La única pista que tenemos al empezar es que la respuesta final será casi seguramente de extrema sencillez, puesto que sólo lo que es perfectamente sencillo puede nacer mientras todos los agentes duermen (o están ausentes). Esto induce a pensar que deberíamos examinar el universo en busca de las huellas de su sencillez subyacente. Al buscarlas, debemos recordar siempre que la complejidad del comportamiento y la apariencia pueden ser ilusorias, y que lo que percibimos como complejidad puede ser el resultado de cadenas de sencillez.

Aquí es donde empezamos. La única fe que necesitamos para el viaje es la creencia de que todo puede entenderse y, en el fondo, no hay nada que explicar.

Nuestra apreciación de la naturaleza del universo proviene de nuestra capacidad de fijarnos en las cosas que contiene, observarlas y reflexionar sobre ellas. Nos fijamos, por ejemplo, en que todo está hecho de la misma materia. Los animales comen plantas y beben ríos. Las plantas comen montañas. Cuando mueren, los animales contribuyen a la formación de montañas posteriores y de otras plantas. Las montañas brotan de planetas que son las acreciones de los detritos de estrellas muertas. Todo está hecho de la misma materia, y cuanto más lejos miramos, menos probable parece que en alguna parte intervenga alguna materia diferente. Somos polvo galáctico y polvo galáctico volveremos a ser.

1 comentario:

Anónimo dijo...

caramba, pues no mentías al decir que era poetico, no. Precioso.