martes, 19 de agosto de 2008

Walter Benjamin, aparatuquis, antiprogresismo y ciencia

Creo que el post de hoy le permitiría dibujar a Mauro Entrialgo una de sus tiras perteneciente a la serie "Ni tanto, ni tan calvo." [Por cierto que el término aparatuqui se lo copio].

Ando leyendo unos escritos de Walter Benjamin que me recomendó y dejó un amigo como muy interesantes. Me lo están pareciendo; por eso me los estoy leyendo, si no de qué: me está costando "sudor y lágrimas". Sangre, no (la verdad es que lágrimas, tampoco; pero "juramentos", unos cuantos. Hay que ver lo que me interesa la filosofía y lo que me cuesta leerla. Nada bueno indica :-)

En "Una pequeña historia de la fotografía", escrita hacia 1931, cuenta que…

Por aquel entonces había muchos debates sobre el valor de la fotografía frente a la pintura: ésta no podía competir en realismo con aquella. Pero al ser la fotografía un procedimiento técnico, que incluía diversos automatismos, ¿podía ser considerada un arte? ¿O carecía totalmente del "aura personal" que le confería la mano del pintor? El caso es que ningún debate, cuenta Walter Benjamin, se liberó en el fondo del
esquema bufo con el que un periodicucho chauvinista, Der Leipziger Stadtanzeiger, creía tener que enfrentarse oportunamente al diabólico arte francés. «Querer fijar fugaces espejismos, no es sólo una cosa imposible, tal y como ha quedado probado tras una investigación alemana concienzuda, sino que desearlo méramente es ya una blasfemia. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y ninguna máquina humana puede fijar la imagen divina. A lo sumo podrá el artista divino, entusiasmado por una inspiración celestial, atreverse a reproducir, en un instante de bendición suprema, bajo el alto mandato de su genio, sin ayuda de maquinaria alguna, los rasgos humano-divinos.»
¡Buen arrebato antiprogresista! No me da risa; sí, pena porque yo tengo arrebatos –internos– de este tipo. En todo caso, la reacción me parece educativa. Y lo que sucedió fue que se generaba y se genera mucha basura fotográfica (como en pintura, ¿no?; no todo el mundo eran Fra Angelico o Velázquez o Picasso). Pero la fotografía quedó, para remover los cimientos del arte, para dar que hablar y, a veces, que pensar, para entretener y para modificar la visión del mundo, esta vez, claro, principalmente en mano de los científicos. Esta corriente de pensamiento ya fue apuntada ¡en 1839! por el físico Arago en su discurso de defensa del invento de Daguerre ante la Cámara de los Diputados. Dice Walter Benjamin:
Lo hermoso en este discurso es cómo conecta con todos los lados de una actividad humana. El panorama que bosqueja es lo bastante amplio para que resulte irrelevante la dudosa justificación de la fotografía ante la pintura (justificación que no falta en el discurso y para que se desarrolle incluso el presentimiento del verdadero alcance del invento, «Cuando los inventores de un instrumento nuevo lo aplican a la observación de la naturaleza, lo que esperaron es siempre poca cosa en comparación con la serie de descubrimientos consecutivos cuyo origen ha sido dicho instrumento.» A grandes trazos abarca este discurso el campo de la nueva técnica desde la astrofísica hasta la filología: junto a la perspectiva de fotografiar los astros se encuentra la idea de hacer fotografías de un corpus de jeroglíficos egipcios.
Y sí, los astrónomos profesionales fueron dejando de mirar directamente por el objetivo de sus telescopios –mejor mirar las placas fotográficas impresionadas, mucho más sensibles que el ojo humano–, y el mundo "visible" se amplió enormemente, nos pudimos hacer conscientes de un montón de cosas y detalles
:
La naturaleza que habla a la cámara es distinta de la que habla a los ojos; distinta sobre todo porque un espacio elaborado inconscientemente aparece en lugar de un espacio que el hombre ha elaborado con consciencia.

Es corriente, por ejemplo, que alguien se dé cuenta, aunque sólo sea a grandes rasgos, de la manera de andar de las gentes, pero seguro que no sabe nada de su actitud en esa fracción de segundo en que se alarga el paso. La fotografía en cambio la hace patente con sus medios auxiliares, con el retardador, con los aumentos. Sólo gracias a ella percibimos ese inconsciente óptico, igual que sólo gracias al psicoanálisis percibimos el inconsciente pulsional.
No hay por qué negar que quizás la ciencia fue la GRAN beneficiada (al fin y al cabo, aunque no lo queramos o sepamos, la ciencia acabará imbrincada en nuestra vida). Walter Benjamin lo cuenta así de bien:

Dotaciones estructurales, texturas celulares, con las que acostumbran a contar la técnica, la medicina, tienen una afinidad más original con la cámara que un paisaje sentimentalizado o un retrato lleno de espiritualidad. A la vez que la fotografía abre en ese material los aspectos fisiognómicos de mundos de imágenes que habitan en lo minúsculo, suficientemente ocultos e interpretables para haber hallado cobijo en los sueños en vigilia, pero que ahora, al hacerse grandes y formulables, revelan que la diferencia entre técnica y magia es desde luego una variable histórica. Así es como con sus sorprendentes fotos de plantas ha puesto Blossfeldt de manifiesto en los tallos de colas de caballo antiquísimas formas de columnas, báculos episcopales en los manojos de helechos, árboles totémicos en los brotes de castaños y de arces aumentados diez veces su tamaño…
Pero la fotografía también tuvo gran incidencia en el arte, en su significado y en la creación de nuevas formas. Por ejemplo, en el caso de los retratos, en la pintura la identidad del retratado tenía interés al principio

Pero tras dos o tres generaciones enmudecía ese interés: las imágenes que perduran, perduran sólo como testimonio del arte de quien la pinto. En la fotografía en cambio nos sale al encuentro algo nuevo y especial: en cada pescadora de New Have, que baja los ojos con un pudor tan seductor, tan indolente, queda algo que no se consume en el testimonio del arte del fotógrafo Hill, algo que no puede silenciarse, que es indomable y reclama el nombre de la que vivió aquí y está aquí todavía realmente, sin querer jamás entrar en el arte del todo.
.../...
Si hemos ahondado lo bastante en una de estas fotografías, nos percataremos de lo mucho que también en ellas se tocan los extremos: la técnica más exacta puede dar a sus productos un valor mágico que una imagen pintada ya nunca poseerá para nosotros. A pesar de toda la habilidad del fotógrafo y por muy calculada que esté la actitud de su modelo, el espectador se siente irresistiblemente forzado a buscar en la fotografía la chispita minúscula de azar, de aquí y ahora, con que la realidad ha chamuscado por así decirlo su carácter de imagen…

¡Qué preciosidad de fragmentos!

Pero, "ni tanto, ni tan calvo". Las mejoras técnicas no siempre llevan a una mejora real. Benjamin cuenta que en las primeras fotografías la personalidad de los retratados era muy aparente, como si estuviese muy concentrada. Nos explica cómo los modelos tenían que estar un largo período inmóviles mientras las placas fotográficas, inicialmente muy poco sensibles, se impresionaban:

La escasa sensibilidad a la luz de las primeras placas exigía una larga exposición al aire libre. Esta a su vez parecía hacer deseable instalar al modelo en el mayor retiro posible, en un lugar en el que nada impidiese un tranquilo recogimiento. De las primeras fotografías dice Orlik: «La síntesis de la expresión que engendra la larga inmovilidad del modelo es la razón capital de que estos clichés, junto a su sobriedad pareja a la de retratos bien diseñados o pintados, ejerzan sobre el espectador un efecto más duradero y penetrante que el de las fotografías más recientes». El procedimiento mismo inducía a los modelos a vivir no fuera, sino dentro del instante; mientras posaban largamente crecían, por así decirlo, dentro de la imagen misma y se ponían por tanto en decisivo contraste con los fenómenos de una instantánea…
Y es que es lo de siempre: las cosas buenas requieren su tiempo. De elaboración pero, sobre todo, de entrenamiento-formación para dominar la técnica que sea y poder destacar de entre la inmensa mediocridad que sólo produce indiferencia.