miércoles, 1 de abril de 2009

Zorba el griego (0): opuestos

Los términos opuestos (dulce-salado, bueno-malo, alto-bajo, blanco-negro…) parecen de gran utilidad para andar por la vida. Si tu edad es superior a, pongamos, 25 años es de esperar que hayas “averiguado” algunas cosas al respecto:
  • que aparte de útiles pueden ser muy peligrosos: originan todo tipo de guerras entre los bandos “opuestos”, cada uno con la manía de exterminar a “los otros”. También originan esa lucha personal, inacabable e ineludible entre el YO y el resto del mundo
  • que son ideas inalcanzables (inexistentes, de hecho, fuera de nuestras cabezas)
  • que resultan un reclamo comercial superutilizado: el nuevo detergente lava más blanco (pese a que el anterior lavaba que “más blanco ¡imposible!”); ése nuevo monitor en el que andas planeando gastarte la pasta da negros más negros, etc, etc, etc, etc
  • lo glorioso y omnipresente de “los grises” o estados intermedios
Me voy a des-centrar un poco alrededor de su utilidad.

La ciencia permite, como nada que yo conozca, comprender la utilidad e inexistencia de conceptos opuestos. Por ejemplo: en electricidad son fundamentales los conceptos de aislantes y conductores, los materiales que no dejan pasar la corriente eléctrica a través suyo y los que sí. Pero coge un aislante y somételo a 1000 voltios, a un millón, a mil millones… y verás si acaba conduciendo. De hecho, el aire es un material más cercano al extremo de los “aislantes” que al de los “conductores”. Pero ¡menudos rayos (= megachispas) que se llegan a moverse por la atmósfera!. Eso sí, la ciencia casi casi ha alcanzado el extremo de los “conductores perfectos” con los llamados superconductores.

En ciencia se aprende rápidamente que se trata de conceptos ideales, que podríamos imaginar como los extremos de un segmento. En dicho segmento podríamos ir colocando “la madera” (más cerca de los aislantes que de los conductores), “el vidrio” (aún más cerca de los aislantes que la madera), el cobre (más cerca de los conductores), etc.

También encontramos conceptos ideales que permitirían dibujar una semirrecta, con un solo extremo: el concepto de gas ideal, el de cuerpo negro… Y es divertido ver que uno se hincha de hacer problemas sobre gases ideales.

— Pero ¡si no existen!

¡Ya!, pero permiten que nos acerquemos a comprender a los gases reales, ¡mediante cálculos muy sencillos! Vamos, ¡una joya de concepto!



Y todo esto, ¿a qué fin viene?

Pues a que, próximamente, espero escribir sobre “Zorba el griego” y, para ello, necesitaba haber hablado algo sobre el tema de los opuestos…

Que ¿qué tal Zorba el griego? Pues muy bien, ya te iré contando…

Por el momento, ahí va un fragmento delicioso que habla del exceso energético que supone ser joven, y de la violencia en el mundo (detestable y ¿parece que necesaria?)…
Una espuma liviana en la playa. Las nubes se habían dispersado, brillaba el sol y la recia Creta sonreía, apacible.
Zorba volvió el rostro hacia mí con una mirada burlona.

— Por cierto que te imaginas, patrón, que ahora me meteré en el cuento de las cabezas turcas que corté y de las orejas que puse en alcohol, como suele hacerse en Creta... ¡No diré nada de eso! Me fastidia y me avergüenza. ¿De dónde surgirá ese impulso rabioso, me lo pregunto ahora con los sesos un poco más asentados, de dónde surgirá ese impulso que nos lleva a arrojarnos contra otro hombre, que no nos causó daño alguno, para morderlo, cortarle la nariz, arrancarle la oreja y destriparlo, al mismo tiempo que invocamos la ayuda de Dios? ¿Por ayuda entendemos que Él también se ponga a nuestro lado y corte narices y orejas y abra vientres en canal?

— Pero en aquella época, ya lo ves, me hervía la sangre, ¿cómo, entonces, detenerme a considerar este asunto? Para que uno piense justa y honradamente, es menester la calma, la edad y la carencia de dientes. Cuando te faltan los dientes, fácil es decir: "¡Qué vergüenza, muchachos, no mordáis!" Pero cuando aún tienes treinta y dos dientes fuertes... El hombre es una fiera, cuando joven. ¡Sí, patrón, un animal carnicero, devorador de hombres!

Meneó la cabeza.

— Se come también a los carneros, a las gallinas, a los cerdos, pero si no devora hombres, no, no le queda satisfecho el apetito.

Y agregó, aplastando la colilla en el platito de su taza de café:

— No, no le queda satisfecho el apetito. ¿Qué dices tú de eso, sapientísimo?

Y sin esperar respuesta:

— Qué podrías decir tú? –dijo, como si me sopesara con la mirada–. A lo que entiendo, tu señoría nunca sintió hambre, nunca mató a nadie, nunca robó, nunca cometió adulterio, ¿qué puedes saber, pues, del mundo? Sesos de inocente, carne que no sabe del sol... –murmuró con evidente desdén.

Y yo sentí vergüenza de mis manos delicadas, de mi rostro pálido y de mi vida sin salpicaduras de sangre y lodo.

— ¡Sea! –dijo Zorba pasando la pesada mano sobre la mesa como quien borra con una esponja–. ¡Sea! Sin embargo, una sola cosa querría preguntarte. Tú has hojeado muchos libros, quizá lo sepas...

— Pregunta, Zorba, ¿de qué se trata?

—Ocurre aquí una cosa milagrosa, patrón... Un curioso milagro, que me desconcierta. Porque todo eso, canalladas, rapiñas, matanzas, que cometimos nosotros, los rebeldes, acabó por traer al príncipe Jorge a Creta, es decir ¡la Iibertad!

Me miró abriendo mucho los ojos, con estupor.

— ¡Ese es el misterio -murmuró-, un hondo misterio! Así pues, para que haya libertad en el mundo, ¿es necesario que haya también tantos asesinatos, tantas canalladas? Porque si me diera por ponerte a la vista todo cuanto hemos hecho en materia de atrocidades y crímenes, se te pondrían de punta los pelos. Y, sin embargo, el resultado de aquello, ¿cuál fue? ¡Pues la libertad! En lugar de consumirnos con un rayo del cielo, Dios nos concede la libertad. ¡Yo no lo entiendo!

Me miró como pidiendo socorro. Comprendíase que aquel problema lo había torturado sin hallarle explicación.

— ¿Tú lo entiendes, patrón? -preguntó con tono angustioso.

¿Comprender qué? ¿Decirle qué? O bien que lo que llamamos Dios no existe, o bien que lo que llamamos crímenes y atrocidades son imprescindibles en el combate para la liberación del mundo.

Esforcéme en dar para Zorba, con una expresión más sencilla.

— ¿Cómo germina una planta y da flores en el estiércol y con la inmundicia? Debes decirte, Zorba, que el estiércol y la inmundicia son el hombre, y la flor, la Iibertad.

— Pero la semilla? -dijo Zorba dando un puñetazo en la mesa-. Para que nazca una flor es necesaria la semilla. ¿Quién sembró esa semilla en nuestras sucias entrañas? ¿Y por qué la semilla no germina y da flores en un campo de bondad y de honradez? ¿Por qué requiere sangre e inmundicias?

Sacudí la cabeza.

— No lo sé -dije.

— Quién lo sabe?

— Nadie.

— Pues entonces -gritó Zorba con desesperado acento, echando en torno miradas salvajes-, ¿para qué barcos, y máquinas, y cuellos postizos?

Dos o tres pasajeros maltratados por el mar y que bebían café en la mesa cercana, se reanimaron sospechando la inminencia de una disputa y prestaron oído. Eso desagradó a Zorba. Bajó la voz:

— Dejémoslo -dijo-. Cuando medito en ello me dan ganas de romper lo que tenga a mano, una silla, una lámpara o mi propia cabeza contra la pared.