sábado, 11 de abril de 2009

Zorba el griego (1): 99% acción

Al hilo del tema de los opuestos tratado en el post anterior, el caso es que Zorba sería un hombre de acción 100% (o casi). El otro protagonista, quien lo contrata, un teórico, un hombre de letras, un hombre de pensamiento, un papiróvoro, que vendría a representar el polo opuesto a Zorba.

Una de las muchas cosas que me gustan del libro de Nikos Kazantzakis es que Alexis Zorba existió en realidad y, realmente, era un hombre de acción. Las fotos de ambos marcan claramente su personalidad.


Y, realmente, fue contratado por Kazantzakis en alguna ocasión. Así que el libro se convierte en un trasladar a las dos dimensiones (2D) de unas hojas de papel a dos personajes reales, realmente tridimensionales (3D). Así, una parte del juego literario (paso de 3D a 2D) queda perfectamente a la vista:
  • las necesarias idealizaciones: bellas en muchas ocasiones, aunque imperfectas; útiles, como intenté contar que sucede en la ciencia
  • las inevitables pérdidas de riqueza al eliminar una dimensión (¿quieres decir que sólo se pierde una dimensión?)
[Jejeje… Me río sólo pensando en todo ese rollete de que el espacio-tiempo son no-sé-cuantas dimensiones: ¡debe ser en las dimensiones extras que nos andan acechando la rica variedad de malestares y puñeterías con que la vida nos regala! Y por eso, ¡zas!, hoy va y me encuentro mal, de golpe, sin más… Jejejeje… ¡Vete, maldito mal rollo, a tu séptima dimensión!)]
  • la posibilidad de juguetear con el tiempo: ahora pasas rápido, ahora más lento (para captar detalles imposibles de una belleza que maravilla), ahora todo sucede en tiempo real, etc. ¡Vaya engañifla –desde el punto de vista físico– más fructífera y placentera!
Sea cómo sea el libro habla de dos opuestos. Pero lo bueno es que es uno de los polos (Kazantzakis) quién escribe de ambos, con la admiración y la añoranza del que desea aquello que no posee —y en éste caso no se trata de una chorrada sino de algo crucial—. Zorba es un vividor, un experto sobre la vida, podría decirse. Como todo experto, ha cometido gravísimos errores, pero ahí está: iletrado pero, en el fondo, un sabio. Ya ha aprendido a domeñar sus malestares, a disfrutar de cada momento, de cada detalle que la vida le muestra. Todo muy literario, pero mucho más que literario. Decía Kazantzakis (remarco algunos fragmentos en cursiva):
"A menudo he querido narrar los hechos y hazañas de Alexis Zorba, un viejo jornalero al que he querido mucho.

En el curso de la vida, mis mayores benefactores han sido los viajes y los sueños. Los hombres, muertos o vivos, me han ayudado poco en mi lucha. Sin embargo, si yo quisiera distinguir a los hombres que han dejado una huella más profunda en mi alma, quizá me decidiera por Homero, Buda, Bergson, Nietzsche y Zorba.

El primero ha sido para mí el ojo apacible y resplandeciente, como el disco solar, que ilumina el universo con su brillo redentor. Buda, la pupila tenebrosa e inaccesible en la que el mundo se ahoga y se libera. Bergson me ha liberado de determinadas preguntas filosóficas sin respuesta, que me atormentaron en mi primera juventud. Nietzsche me ha enriquecido con nuevas angustias y me ha enseñado a transustanciar la desdicha y la amargura en orgullo. Y Zorba me ha enseñado a amar la vida y no temer a la muerte.

Si en mi existencia tuviera que elegir un guía espiritual, un gurú, como dicen los hindúes, o un Viejo, como dicen los monjes del monte Athos, seguramente eligiría a Zorba.

Porque precisamente él tenía lo que un emborronacuartillas necesita para salvarse: la mirada primitiva que otea, como una flecha, a su presa; la ingenuidad creadora, renovada cada mañana, que permite ver incesantemente el universo por primera vez e imprime virginidad a los elementos eternos y cotidianos —el viento, el mar, el fuego, la mujer, el pan—; una mano firme, un corazón fresco, el valor de burlarse de su propia alma y, finalmente, la risa sonora y salvaje, surgida de una fuente profunda, más profunda todavía que las entrañas del hombre, que brota redentora del viejo pecho de Zorba en los momentos críticos; y cuando brotaba, podía derribar, y de hecho derribaba todos los muros —moral, religión, patria— que el hombre miserable y pacato ha levantado en su torno para andar despacito y eon seguridad a lo largo de la vida.

Cuando pienso en el alimento que durante tantos años habían ofrecido los libros y los maestros a un alma hambrienta y en la sustancia que Zorba me ofreció en algunos meses, apenas puedo contener mi amargura y mi furor. He perdido mi vida por una casualidad: he encontrado demasiado tarde a este anciano, cuando ya lo que podía salvarse dentro de mí era insignificante. El giro en redondo, el cambio total de frente, la epopeya y la renovación no se realizaron. Era demasiado tarde. Así, en lugar de que Zorba fuera para mí un elevado e imperativo modelo de vida, se convirtió, ay, en un tema literario, para que yo emborronara más cuartillas.

Este triste privilegio de hacer arte de la vida es nefasto para determinados espíritus carnívoros. Pues de ese modo, la pasión violenta, al encontrar una salida, se escapa del pecho y se alivia el alma; no sofoca, no plantea la necesidad de luchar cuerpo a cuerpo, de tomar parte directa en la vida y en la acción. Al contrario, el espíritu se alegra admirando su violenta pasión, que asciende por el aire en volutas y luego se extingue.

El espíritu no sólo se alegra sino que también se enorgullece; cree haber cumplido una obra de la mayor importancia transformando el instante efímero e irremplazable el único en el tiempo que tiene carne y sangre y convirtiéndolo en eterno.

De este modo Zorba, hecho de carne y hueso, se convirtió entre mis manos en tinta y papel. Sin quererlo, deseando exactamente lo contrario, comenzó a cristalizar en mí el mito de Zorba. El trabajo clandestino comenzó en mis entrañas; al principio, una agitación musical, una voluptuosidad y un febril malestar, como si algún cuerpo extraño se hubiera metido en mi sangre y mi organismo luchara por desembarazarse de él, por destruirlo asimilándolo. En torno a este núcleo, las palabras comenzaron a agolparse, a cercarlo y nutrirlo como si fuera un feto. Los recuerdos vaporosos se solidificaban, las alegrías y penas ahogadas emergían, la vida se desplazaba a través de un aire más ligero. Zorba se convertía en un cuento de hadas. Yo ignoraba aún qué forma dar al relato de Zorba: novela, canto, relato imaginario de Halima; o bien transcribir secamente las palabras que me decía en una playa de Creta, donde habíamos vivido, donde cavamos la tierra para encontrar, aparentemente, lignito. Nosotros sabíamos que este fin material era un pretexto, un arrojar pimienta a los ojos del mundo, y que nosotros teníamos prisa, deseábamos que el sol se pusiera, que los obreros dejaran el trabajo, para instalarnos ambos en la playa, comer el buen pan campesino, beber nuestro seco vino de Creta y entablar conversación.

La mayor parte del tiempo, yo permanecía en silencio. ¿Qué puede decir un intelectual a un «ogro»? Le escuchaba hablarme de su pueblo en las faldas del Olimpo, de la nieve, los lobos, los milicianos, Santa Sofía, el lignito, las mujeres, Dios, la patria y la muerte; y cuando se atascaba y el marco de las palabras le resultaba demasiado estrecho, se alzaba de un salto sobre los gruesos guijarros de la ribera y se ponía a bailar.

Sólido, erecto, huesudo, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos pequeños y redondos de un pájaro, bailaba, aullaba, golpeaba la orilla con sus grandes pies y regaba mi rostro con agua de mar.

Si yo hubiera oído su voz, o más que su voz, su grito, mi vida hubiera tenido un valor; viviría con mi sangre, mi carne y mis huesos lo que ahora sueño como un fumador de hachís y realizo con pluma y papel. Pero no me atreví. Veía a Zorba bailar noche y día relinchando, gritándome que saltara yo también fuera del caparazón confortable de la prudencia y la costumbre, para partir con él hacia largos viajes sin retorno, y yo permanecía inmóvil, transido.

A menudo me ha pasado en la vida tener vergüenza por haber sorprendido a mi espíritu no atreviéndose a hacer lo que el supremo delirio la sustancia misma de la existencia me pedía hacer. Pero jamás me he avergonzado tanto de mí como ante Zorba.

Un día al amanecer, nos separamos. Yo tomé de nuevo el camino del exilio, atacado por la incurable enfermedad fáustica del saber. Él se dirigió hacia el norte para terminar en Serbia, y en una montaña de leucolitos, embaucar a algunos ricachos, comprar herramientas, contratar obreros, ponerse a abrir galerías en la tierra. Dinamitó rocas, hizo caminos, llevó agua, construyó una casa, se casó viejo aún muy verde con una alegre y bonita viuda, Liuba, y tuvo un hijo con ella.
Extraído del prólogo de Zorba el griego escrito por Nikos Kazantzakis para la edición griega.

Yo cada día me siento más en el polo opuesto a Zorba. No me arrepiento de mi posición, de mi pasión por los libros, lo cuál no quita para que me resulte atrayente y, sobre todo, educativo ver en acción a Zorba.