jueves, 16 de abril de 2009

Zorba el griego (2): una decisión cortante

Un instante precioso del libro es cuando Zorba explica cómo perdió un dedo que le falta. Dos cuestiones al respecto:
  • El fragmento es muy breve, condensado. En un momento habla del acto creador del alfarero, de la libertad y de su dedo. ¡Genial!, porque cómo leí el libro tras leer al ultracondensador Augusto Monterroso, una de las pocas sensaciones negativas que tenía al leer "Zorba el griego" era que le sobraban unas páginas… (¡Cuidadín!, que no pretendo hacer una crítica literaria. ¡Sólo faltaría! De hecho, estoy seguro que de esta manía me curaré. Sólo es una alergia pasajera: ¡con lo que me enrollo! ;-)
  • Al Zorba de verdad ¿realmente le faltaba un dedo? Me gustaría saberlo. Creo que ello arrojaría pistas sobre cómo se ajusta el personaje (en 2 D) al Zorba real (3D).
El caso es que en un punto "el autor" pregunta a Zorba sobre el dedo que le falta:

— ¿Te lo llevó alguna máquina?– insistí.
— ¿A qué viene hablar de máquinas? Yo mismo me lo corté.
— ¿Tú mismo? ¿Por qué?
— Tú no puedes entenderlo, patrón– dijo encogiéndose de hombros–. Ya te conté que trabajé en todos los oficios. Así pues, en una ocasión hice también de alfarero. Es un oficio que me gustaba con locura. ¿Sabes lo que significa eso de coger un puñado de barro y hacer con él lo que se te antoje? ¡Frrr! Haces girar el torno y el barro gira enloquecido, mientras tú, inclinado sobre él, te dices: haré un cántaro, haré un plato, haré una lámpara o el demonio! Eso es lo que se llama ser hombre: ¡libertad!

Se había olvidado del mar, no mordisqueaba el limón, la mirada lucía clara.
— ¿Entonces –pregunté–, y el dedo?
— Pues, verás: me molestaba en el torno, Se me metía en lo mejor y desconcertaba mis planes. Entonces, un día cogí la hacheta...
— ¿Y no te dolió?
— ¿Cómo no iba a dolerme? No soy de leña, soy un hombre. Pero ya te digo, me molestaba en el trabajo. Y lo corté.

Por estos lares se dice “¡Con un par!”… Un hombre de acción, desde luego…

Hay otro momento en que el autor vuelve a hacer hablar a Zorba sobre la libertad que, contándole cosas sobre un usurero, se marca esta reflexión:

— Eso es la libertad. Tener una pasión, amontonar monedas de oro, y repentinamente dominar la pasión y arrojar el tesoro a todos los vientos. Liberarse de una pasión para someterse a otra, más noble. Pero ¿no es ésta, también, una forma de esclavitud? ¿Brindarse en aras de una idea, de la raza, de Dios? ¿O es que cuanto más alto se halle el amo más se alarga la cuerda de nuestra esclavitud? Podremos así holgarnos y retozar en unas arenas más amplias y morir sin haber hallado el extremo de la cuerda. ¿Acaso sería eso lo que llamamos libertad?

Me detuve un instante en la playa para mirar entorno. La santa soledad se extendía ante mí, triste, fascinadora, como el desierto. El poema búdico se alzó del suelo y se infiltró hasta lo hondo de mi alma. «Cuándo, pues, me retiraré al fin a la soledad, solo, sin compañeros, sin alegrías ni tristezas, acompañado solamente de la santa certidumbre de que todo no es más que sueño? ¿Cuándo, con mis andrajos –sin deseos–, me retiraré feliz a la montaña? ¿Cuándo, viendo mi cuerpo reducido sólo a enfermedad y crimen, vejez y muerte –libre, sin temor, lleno de regocijo–, me retiraré a la selva? ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?»

¡Qué chulo! Pero me parece literatura poner en boca de un iletrado cómo Zorba la frase inicial: ¡me parece que se ve que ambos párrafos han sido no sólo escritos sino “dichos”, “procesados” por el autor. Aún así me parecen preciosos…