domingo, 19 de abril de 2009

Zorba el griego (3)

Soy un bicho cultural, un enamorado de los libros y del saber. He sido un vendedor de cultura (= profesor) durante muchos años. Creo que siempre he sabido cuestionar la labor de la educación pero, definitivamente, la prefiero a la ignorancia rampante.

Digo todo esto por dejar bien clarito que no propugno ni añoro, sin más, una vuelta a un estado de "buen salvaje". Prefiero la materia culta a la viva y ésta a la materia inerte. Cuando ejercía de profe solía decir a los alumnos:
— Ser materia culta es más que ser materia viva; a su vez, ser materia viva es más que ser materia inerte.
¿Prefieres ser piedra? ¡No problem!: te vas al campo y te quedas quieto-parao en el suelo. Bien quieto, ¿eh?
¡Ah!, ¿que antes te daba la sombra pero ahora te pega el Sol? ¡Mala suerte, machote!: las piedras aún no han desarrollado medios para cambiarse de sitio… ¡Y deja que llegue la noche! ¡Connio, qué fresquillo! Qué bien te iría una chaquetilla, ¿eh? Pues eso. ¿No querías ser piedra?…

Pero ello no quita que el Zorba literario me parezca un bello recordatorio de que la cultura NO lo es todo, de que existe el riesgo de perdernos en y con ella.

Parece que el Zorba real que tanto impresionó a Kazantzakis debía ser parecido al Zorba personaje. Aunque ello es imposible, por simplicidad, los supondré iguales. Así, Alexis Zorba debió de ser excepcional (en el sentido de poco usual), iletrado pero NADA ignorante. Y era excepcional porque los tan peligrosos iletrados e ignorantes son, en comparación, legión.
[Aunque tampoco hay que olvidar que, en el libro, Zorba se pone a ejercer de "ingeniero" y la caga pero bien. Claro, experimentar la vida te puede hacer sabio en algunos aspectos cruciales para vivir, pero no te hará ingeniero…]

En el fragmento de hoy se presenta una de las cualidades principales de Zorba: mantiene la capacidad para seguirse maravillando una y otra vez por algunos de los misterios cotidianos. Algo a lo que, como ya he comentado en este blog alguna vez, la ciencia ayuda muy especialmente (en contra de lo que piensa mucha gente, que sitúa a la ciencia en el extremo de la cultura más alejado de la naturaleza, de la sensibilidad, etc.):
Cada noche, Zorba me lleva de paseo por Grecia, Bulgaria y Constantinopla; cierro los ojos y veo. Ha recorrido los Balcanes embrollados y atormentados, lo ha observado todo con sus ojillos de halcón, que abre desmesuradamente a cada instante, llenos de estupor. Las cosas a las que nosotros nos hallamos acostumbrados y ante las cuales pasamos indiferentes, se le presentan a Zorba como tremendos enigmas. Si ve a una mujer que pasa, se detiene estupefacto:

— ¿Qué misterio es éste? —pregunta—. ¿Qué es una mujer y por qué nos sorbe el seso tan fácilmente? ¿Qué significa eso, dímelo tú?

Con idéntico estupor plantea el interrogante en presencia de un hombre, de un árbol en flor, de un vaso de agua fresca. Zorba ve cada día todas las cosas por vez primera.

Ayer nos habíamos sentado ante la barraca. Después de beber un vaso de vino me preguntó alarmado:

— ¿Qué viene a ser, en verdad, esta agua enrojecida, patrón? Dilo. Una vieja cepa echa ramas, hay en ellas unos como adornos ácidos colgados, y pasa el tiempo, y el sol los madura; se ponen dulces como miel y se les llama entonces uvas; se las pisa, se pone el zumo extraído en unos toneles; allí fermenta solo, se le destapa el día de san Jorge bebedor ¡y es vino! ¡Qué prodigio! Bebes el zumo rojo y tu alma se te acrecienta, no cabe ya dentro de tu pellejo, se siente con ánimos de desafiar a Dios mismo a que lidie contigo. ¿Qué significa eso, patrón? Explícamelo tú.

Yo no hablaba. Sentía, al escucharlo, que se renovaba ante mí la virginidad del mundo. Todas las cosas cotidianas y descoloridas volvían a adquirir el brillo con el que se habían presentado los primeros días, recién salidas de las manos de Dios. El agua, la mujer, la estrella, el pan, retornaban a la misteriosa fuente primitiva, y el torbellino divino se desencadenaba de nuevo en el aire.

Y ésta es la razón por la cual cada noche, tendido en el guijarral de la ribera, esperaba a Zorba impacientemente.