jueves, 30 de julio de 2009

La vaca de Augusto Monterroso

"Toda abundancia es estéril."

Así, citando a Mallarmé, comienza Augusto Monterroso su libro "La vaca".

Me divierte pensar que podría hacer un gran escrito titulado "La mula" en el que podría hablar del eMule y los excesos (estériles) asociados al programita: ¿querías escuchar una canción del grupito X? ¡Ahí tienes su discografía completa! Seguramente nunca la escucharás pero el pasatiempo de bajarla (a lo mejor de ordenarla), el bienestar de poseerla, de ocupar un espacio del disco duro parece ejercer una atracción, no diré que fatal pero sí, estéril. Odio esa frase tan de moda: "en internet está todo". No os voy a contar el por qué de mi manía. Pero la próxima vez que la escuche diré: "toda abundancia es estéril".


A mí, un enganchado estéril a Internet, un acumulador impenitente, me da mucha envidia el Sr. Monterroso. Envidio lo rápido que comprendió los peligrosos efectos secundarios de la abundancia: de documentarse abundantemente, de ser riguroso en demasía, de acumular demasiados libros (de discos no dice nada, pero me temo lo peor), de escribir y publicar sin pausa.

Claro que cuando empezó a tratar de escribir no existía Internet pero sí otras formas de alimentar la manía por la completitud: la comprensible de completar un álbum de cromos y las no tan lógicas de hacerse con las obras completas de un autor o con toda la discografía de Perico de los palotes –a lo peor, con la de John Zorn, un músico genial pero, también, especialista en editar discos en forma de series.

"Cuando empecé a tratar de escribir, en Guatemala, sin maestros, sin escuela, sin universidad, tanteando aquí y allá, y en medio de la mayor inseguridad, suponía, tal vez no sin razón pero en todo caso en forma exagerada, que antes de escribir cualquier cosa debía saberlo todo sobre el tema escogido. Como es natural, esto me llevaba a no terminar nunca nada que emprendiera, con lo que fui acercándome peligrosamente al antiguo arquetipo del escritor que no escribe. Sin embargo, pronto principió a acecharme un peligro todavía peor: el de convertirme en el lector que no lee, debido a una nueva extravagancia, o exigencia absurda, que di en imponerme: la de leer al autor que fuera, de ser posible, en su idioma original (gracias a lo cual, bendito sea Dios, leí durante la mayoría de mis años formativos a cuanto clásico español se me pusiera enfrente, en mi casa y en las bibliotecas públicas)."
El párrafo, me parece, también apunta el gusto del Sr. Monterroso por la "idea matemática de límite". Pero eso será para otro día o, probablemente, no será porque me olvidaré…
"Mi biblioteca es la Biblioteca, le gustaba decir al gran maestro dominicano Pedro Henríquez Ureña, hombre de libros que no quería tenerlos en su casa. Y los que amamos los libros sabemos por qué. En una ocasión quise deshacerme de quinientos de ellos. No pude, y ya lo he contado; en un libro, por supuesto, del cual hoy alguien querrá deshacerse. Envíelo a la Biblioteca de su barrio.

En los años de mi adolescencia la Biblioteca Nacional de Guatemala fue también mi biblioteca. Tarde tras tarde acudí allí a leer libros que durante horas enteras eran mis libros.

La Biblioteca era tan pobre que sólo contaba con libros buenos. Constituyó una suerte para mí que su presupuesto fuera tan escaso como para que no pudiera darse el lujo de adquirir libros malos, es decir, modernos. No era ése el reino de Hemingway ni de nadie que se le pareciera."
¡Ah, los clásicos!, con frecuencia baratos de conseguir y de calidad poco discutible.
¡Ah, las bibliotecas!, que contendrían bastantes menos libros si todos los autores fuesen como el Sr. Monterroso:
"Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.

Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con esos debe trabajarse.

Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota, y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas."
Brevedad. Claro que, si Tolstoi hubiese sido como Monterroso, no nos hubiera regalado Guerra y Paz. Pero en general, "lo bueno, si breve, dos veces bueno".

Otra razón por la cual la abundancia es estéril es porque "no nos cabe en el cerebro". Demasiadas ideas, sentimientos, ecuaciones, construcciones de todo tipo: casi una infinitud para nuestros limitadísimos cerebros.
¿Quién demonios hizo el cálculo de que sólo utilizamos una parte insignificante de nuestras capacidades –quasi infinitas– cerebrales? Debe ser una leyenda urbana o alguna otra parida. Yo me empleo a fondo y ¡no hay manera! Y, por lo que veo, mucha gente está, más o menos, como yo.

Por si todo esto fuese poco está el tema del "movimiento": no somos seres estáticos, nuestros sentimientos y pareceres se modifican a lo largo del tiempo (de nuestra vida) y, por tanto, las relecturas pueden ser totalmente diferentes a la lectura original. O sea, nuevas lecturas. Llevando la idea al límite, podríamos dedicarnos a releer una y otra vez un único libro. Valdría la pena dedicar el suficiente tiempo (¿infinito?) a elegirlo bien ;-)
"Como Juan Carlos Onetti es sabio, sabe que no sabe y por eso sus cuentos son insondables y como seres vivos que hay que volver a ver una y otra vez, de principio a fin, y por en medio, y por las esquinas de las páginas y de los párrafos; y empezar de nuevo porque la vida y los cuentos son complicados, y un tiempo más tarde, seis años o una semana, el cuento ya es otro, y uno ya es otro, y entonces hay que recomenzar y darle vueltas, agitarlo antes de usarlo y dejar que las palabras vuelvan a asentarse para permitirles una vez más revelar su misterio, a medida que pasan al ojo, a lo que llamamos cerebro (palabra horrible) o, mejor, a lo que antes se decía sin ninguna vergüenza el corazón o el alma, a donde los cuentos de Onetti van indefectiblemente a dar, porque ése es su blanco secreto, y uno se va dando cuenta de eso y encuentra, con un gusto más bien melancólico, que eso es un cuento, y que por lo mismo los cuentos no pueden ser muchos porque el corazón no los resistiría, y si son de Onetti, menos. Y esto sí lo sabe Onetti y por eso no ha escrito tantos para dejarnos pasar a sus novelas, en las cuales siempre es más fácil, por una razón o por otra, acostumbrarse con tiempo a las cosas, y sobrevivir.
¡Qué hermosura!

Actualmente, las TIC (tecnologías de la información y comunicación), bueno, algunos de los idiotas que las utilizamos, amenazamos con convertirlas en un pozo negro de completitud estéril.

A ver si me curo pronto; como véis, la teoría me la sé bien.