jueves, 16 de julio de 2009

Mi Nueva York

Aprovechando que llega la época de vacaciones y alguno igual tiene la suerte de irse pa' Nueva York voy a plantificar aquí algunas notas que tomé de un librito que leí hace unos meses: Mi Nueva York, de Brendan Behan (Marbot Ediciones).

Pensarás: "¡ah! un libro de viajes".
Bueno, no bien bien. Pero ¿a que la época del año parece una buena excusa hablar de un libro que se titula "Mi Nueva York"?

El caso es que, como decía, no es bien bien un libro de viajes. Al menos, no de los normales. Para ponerte en antecedentes, se trata de puntos de vista, opiniones y sentires de "un alcohólico con problemas de escritura" (así se auto definía Brendan Behan).
"No soy sacerdote sino pecador. No soy psiquiatra sino neurótico. Mis neurosis son las herramientas con las que me gano la vida. Si me curase, tendría que volver a pintar casas."
Sí, antes de escribir era pintor (de brocha gorda) y, probablemente, un bebedor empedernido. Cambió las brochas por el bolígrafo. Mantuvo su vaso de whiskey.
"Lo más importante en este mundo es tener algo que comer y algo que beber y alguien que te quiera."
Más adelante deja claro que el comer y el beber ocupan un plano más importante que el amor:
"Los males del corazón son sólo un mal trago. Un amor desgraciado, la muerte de un padre o de un hijo, son malos tragos. Pero si estás razonablemente bien de salud, dispones de alojamiento y de suficiente comida, tabaco y dinero para una bebida, puedes llorar confortablemente la muerte y el amor."
En fin, que no es un libro de viajes habitual.



El libro tiene cantidad de dibujos de NY y sus personajes, pero no fotos.
[Pero los dibujos son chulísimos. A mí me da una envidia horrible el no saber/poder dibujar mis sentires en mis, por otra parte limitadísimos, viajes. Un buen amigo mío tiene esa capacidad y, junto al hecho de que sus andanzas por el mundo son bastante extensas, se hace unos cuadernos de viaje que son… ¡una preciosidad! Y una fuente de envidia —iba a decir sana pero no estoy tan seguro que descubrir que uno no puede hacer algo así sea bueno para la salud— terrible.]

Desde luego Behan, además de ser un urbanita impenitente, adoraba NY, la encontraba luminosa:
"Londres es una gran tarta aplastada de suburbios de ladrillo rojo, con una pasa en medio que es el West End. Nueva York es una pasa inmensa y jugosa y la ciudad más grande que puedo imaginar."

"Una ciudad es un lugar donde vive el Hombre, un lugar donde camina, habla y come y bebe a la luz brillante del día o a la luz de la electricidad, las veinticuatro horas del día. En Nueva York puedes dar un paseo a las tres de la madrugada, ver gente, leer el periódico y beber algo: zumo de naranja, café, whiskey o lo que sea. Es el mayor espectáculo que hay sobre la Tierra, abierto para todos. De noche, su fabulosa belleza ya era la mayor maravilla del mundo hace cuarenta años."

"Pienso que cualquier persona que vuelva a casa después de estar en Nueva York encontrará también bastante oscuro su lugar de origen."

"No vamos a una ciudad para estar solos, y el test de una ciudad es la facilidad con la que puedes ver a otras personas y hablar con ellas. Una ciudad es un lugar donde la probabilidad de que te muerda una oveja salvaje es mínima, y diría que Nueva York es la ciudad más acogedora que conozco."



Cada día me gusta más el folk, así que me ha divirtió mucho la opinión de Brendan Behan sobre dicho tipo de música —que te cuela mientras habla del Village, de Washington Square:
"Si te gusta la canción folk, Washington Square en domingo te parecerá un lugar único. Yo personalmente detesto a los cantantes folk. Los fusilaría a todos, porque yo mismo soy cantante, o al menos lo fui hasta que mi laringe sucumbió al exceso de cigarrillos. Y dicen un montón de mentiras. Cogen un viejo banjo y se hacen llamar cantantes folk. Pues bien, mi tío escribió muchas canciones irlandesas, y yo aprendí canciones de mi madre, que nunca ha dejado de cantar. Ni siquiera la Depresión lo consiguió. Puedo cantar en irlandés y en inglés e incluso hice un improbable intento de cantar en francés, pero nunca se me había ocurrido que fuera un cantante folk.

Admitiré, sin embargo, que algunos de esos cantantes seudofolk parecen unos excelentes compositores, aunque la mayoría de ellos nunca admitirán que no han escrito la canción ellos solos.

Escribí una canción sobre Michael Collins. Fue el Comandante en Jefe del Ejército del Estado Libre de Irlanda que aceptó el Tratado con Inglaterra, y contra el que mi padre luchó. Yo tampoco estaba de acuerdo con Collins a nivel político, aunque el pobre fue asesinado unos seis meses antes de que yo naciera. Pero escribí una canción sobre él y utilicé una melodía gaélica. Pienso que es una buena canción, aunque por desgracia no estoy en condiciones de cantarla, no sólo por mi garganta, sino porque nunca consigo recordar nada que haya escrito yo mismo.

Habré olvidado este libro mucho antes de que vosotros hayáis pagado vuestro dinero por él, os lo puedo asegurar. Cantar mis propias canciones o leer mi propia obra es para mí una forma de incesto mental.

No me importa si estos tipos son negros o blancos, o si cantan sobre Dios, sobre los sufrimientos de los pescadores de San Salerno o sobre los recogedores de ostras de la bahía de Chesapeake o Sheepshead, o como se llame: si lo que quieren es cantar que canten y punto. No tienen por qué llamarse cantantes folk.

Si yo fuera joven y soltero, supongo que podría soportar sus malditos lamentos y gemidos y acordes de mandolina, y recomendaría a otros jóvenes que lo hicieran también. Podría soportar a los tipos con barba no hay nada malo en llevar barba, además así se les reconoce y podría soportar a las chicas con el pelo a lo Mona Lisa, y podría soportar sentarme en el suelo. (Deben de quemar las sillas allí donde tocan porque aparentemente nadie tiene la impresión de que una silla sea el lugar adecuado para sentarse a escuchar los gemidos del tipo.)

Pero siempre hay chicas encantadoras por el lugar, sentadas en la hierba o en el suelo y mirando con reverencia cómo canta sus canciones la última importación de las montañas Apalaches. Si la chica está demasiado absorta con el del banjo, siempre puedes bajarlo de golpe susurrándole al oído a ella que el tipo es homosexual.

Si esto falla, también puedes ir y comprarte una maldita mandolina, por más que seas del Lower East Side de Nueva York, cambiar un poco tu acento y decir que acabas de llegar de Kentucky. No es que haya nada malo en ser de Kentucky, por supuesto. Lo único que digo, y aquí lo voy a dejar, es que vale la pena sentarse entre estas jóvenes señoritas."