martes, 11 de agosto de 2009

Saul Bellow y los especialistas

Recientemente leí "El legado de Humboldt" de Saul Bellow. Me divertí muchísimo leyéndola. No os he contado (aún) nada de ella porque me resultó apabullante: habla de muchísimas cosas. Eso, unido al hecho de que es una novela larga y de que no tomé notas en su momento porque me enganché a la trama… Pues eso, que ahora no sabría por dónde empezar.

Así que hoy que me he empezado otra de las novelas de Bellow ("Son más los que mueren de desamor"), y pese a que ya me he reído de lo lindo en varias ocasiones en sólo una veintena de páginas y engancharme sería superfácil, no quiero devorarla a toda velocidad. A ver si aguanto…

Empezaré por "una de especialistas".
La típica postura del especialista es que sabe cuanto hay que saber en su rama y que no tiene por qué saber otra cosa. Como en el ejemplo: «Yo arreglo manómetros, así que no me venga con odómetros». O en el chiste: «Yo no afeito, enjabono. Si quiere afeitarse, vaya a la acera de enfrente". Es comprensible que algunas especialidades exijan más que otras y que lo saquen a uno del mundo; llevan inherente el derecho a mantener las distancias. A través de Benn conocí a algunos tipos de ciencias exactas cuyas excentricidades tenían todo el aspecto de prerrogativas. Benn nunca reivindicó el privilegio de distanciarse del género humano.

Yo nunca he sido un especialista en nada, sólo un estudiante de Química (eso sí, en un tiempo en que, a lo largo de toda la carrera, no perdimos una sola hora de clase). Aún así ya me quedé bastante "tocado" y frecuentemente, entre amigos, he dicho que la sociedad debiera indemnizar a los estudiantes de ciencias en concepto de "daños y perjuicios" [y, aún añadiría, prejuicios inducidos].
Sí, sólo pretende ser una coartada para excusar mis necedades en "mundología". Pero, ¡no totalmente absurda!
Puedo dar un ejemplo de ese fenómeno de ruptura. Estamos comiendo en el club de profesores con un científico de primer orden. El camarero, que es un estudiante, se acerca a tomar nota. El colega de Benn dice al joven: «Tráigame pollo a la king». El chico responde: «Papá, llevas tres días comiendo pollo a la king, ¿por qué no pruebas el chile con carne?».

Después de toda una vida, el chico aceptaba sin problemas el despiste del padre. Los otros comensales sonrieron. Yo me reí un poco. Fue uno de esos súbitos momentos de gracia. Mientras reía, me vi a mí mismo de perfil como una llave inglesa del tamaño de un hombre, con la quijada caída. Este tipo de imágenes involuntarias suelen asaltarme. Puede que aquella, tan poco halagadora, me fuese sugerida por lo metálico de mis acompañantes.

Su extremo despiste no perjudicaba al amigo científico en sus relaciones con sus colegas. Significaba que estaba muy lejos, cumpliendo con su deber en las fronteras de su disciplina; así que adiós muy buenas a parientes y amigos. Los científicos de primera fila constituyen una casta principesca. Después de todo, son las inteligencias más secretas y destacadas de las dos superpotencias. Los rusos tienen las suyas como nosotros las nuestras. Verdaderamente, constituye un privilegio muy elevado.

Bueno, en realidad, el despiste no supone un gran problema. Todos comprenden que mientras uno está controlando la naturaleza, tiene perfecto derecho a abandonar a los humanos vulgares que no llegan a ninguna parte por sus propios medios. Estamos hablando de una élite posthistórica y todo lo demás. Pero en ese aspecto, como en otros, mi tío era diferente. No pedía que le eximieran de las molestias que comporta la existencia de la criatura humana. Resultaba claro que no lo pedía. Es posible que sus colegas especialistas le considerasen retrasado en ese aspecto. Hasta yo mismo le consideraba a veces retrasado, más confuso en cuestiones humanas que muchas personas normales. Nadie le tildó nunca de tonto. Se le reconocía una brillante inteligencia en su especialidad. Además, era observador y leía mucho, escrutando, como dijo César de Casio, «los actos de los hombres».

¡Qué mala leche el Sr. Bellow!
¡Aún más!
Según uno de sus colegas, y los colegas suelen ser los últimos en decir esas cosas, Benn era un botánico de «un alto nivel de distinción». No creo que eso impresione a la mayoría. ¿Por qué habrían de importarle las raíces adventicias o la histogénesis de las hojas? Si no hubiese sido por mi tío, a mí tampoco me habrían importado. ¿Los científicos? A menos que investiguen sobre el cáncer o que nos conduzcan a través del universo por televisión, cómo lo hace Carl Sagan, ¿para qué sirven? El público quiere trasplantes de corazón, quiere un remedio para el sida, quiere que la senilidad sea reversible. Las estructuras de las plantas le importan un bledo y, ¿por qué habrían de importarle? Por supuesto, es capaz de tolerar a la gente que las estudia. Una sociedad poderosa bien puede darsed lujo de mantener a unos cuantos tipos de esos. Además, son relativamente baratos. Sale más caro mantener a dos presos en Stateville que a un botánico en su cátedra. Pero los presos ofrecen mucho más en cuanto a emociones: incendios y motines en las cárceles, un guardia estrangulado, el director de una prisión empalado.

Podrías pensar que el Sr. Bellow debía odiar la ciencia o algo así. A mi no me lo parece en absoluto: todo me induce a pensar que se preocupaba mucho por la misma: continuamente hace referencias al saber científico. Eso sí, sus críticas corrosivas (siempre con un buen grado de realidad) las va aplicando a todo lo que se le pone por delante: la cultura en general, la ciencia en particular, los hombres, las mujeres, los abogados… Y así (me) hace reflexionar seriamente (y partiéndome de risa) sobre casi todo.

Como dice un amigo, siempre está hablando de la perplejidad del ser humano (incapaz de adaptarse totalmente) en un mundo en que todo va demasiado rápido (el tema de los hombres desubicados en la época de la liberación de la mujer no es más que un aspecto del tema principal).


Sí, los especialistas son absolutamente imprescindibles pero, ciertamente, no es difícil que acaben siendo mutantes. Además los puntos débiles del concepto de "especialista" son muy ostensibles.


Él, Saul Bellow, una persona que debía ser un sabio, hace que sus personajes se despachen a gusto con la cultura en general y las universidades:
Ser un académico americano es una gran cosa. Créanme, porque yo también lo soy. No digo que el hecho me fascine, solo que lo soy, profesor adjunto de literatura rusa, por el momento, dicho sea de paso. Para mí es apasionante, pero ¿a cuántos apasionan esos estudios, si se comparan, por ejemplo, con el interés que suscita Bruce Springsteen o el coronel Gadafi o el líder de la mayoría del Senado de Estados Unidos?
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Sin embargo, no pertenezco al auténtico tipo universitario. Hoy en día ya no existe tal cosa en el sentido convencional y tradicional de la «torre de marfil». Sí, hay eruditos, pero no son tan conspicuos. Parte de la universidad se dedica al negocio de «crear conciencia». «Crear conciencia» supone erradicar inercias. A. medida que las viejas inercias desaparecen, la gente puede esperar una vida de conciencia más plena. Por ejemplo, la larga inercia de los negros desembocó en el movimiento de los derechos civiles, lo que hizo que se los integrase en la comunidad de los conscientes en la que era forzoso desarrollar un «lenguaje de ideas». Sin conceptos es imposible proponer o comunicar públicamente los intereses, y las universidades se han convertido en una fuente importante de jergas que fluyen hacia la vida pública por canales como el púlpito, la criminología, los tribunales, las cadenas de televisión, los consultorios de los consejeros de familia, etc. Eso es solo una parte del panorama. De las universidades fluyen vastos poderes hacia el gobierno: el Departamento de Defensa, el Departamento de Estado, el de Hacienda, el gobierno federal, los servicios de inteligencia, la Casa Blanca. La universidad moderna es también una base de poder en biotecnología, en electrónica, en la producción de energía. Los académicos polarizan la luz para copiadoras; son empresarios a gran escala: asesores, eruditos importantes, testigos técnicos ante los comités del Congreso para control de armamento o política exterior. Hasta yo mismo, como experto en Rusia, entro en escena de vez en cuando.