miércoles, 22 de abril de 2009

Cositas. La manzana que violó a Newton.

Según cuenta El País, Clement Freud ha muerto.

Me llamó la atención que fuese nieto de Freud y me leí el articulillo.
Y me tropecé con esta divertida cita:

“Como me dijo el otro día un granjero: ‘¡Cómo suben las manzanas!’.
Y yo le contesté: ‘Pues eso sería un duro golpe para Isaac Newton”
Clement Freud

martes, 21 de abril de 2009

Cositas. Ciencia e inglés.

¿Qué es la ciencia?

Mientras andaba estudiando inglés, me he encontrado con este vídeo. ¡Anda que no dice cosas en poco rato! En la línea de "la ciencia está en la base de todo". 'Ta bien!

De paso, lo referencio en el marco de una página maravillosa para escuchar inglés en pequeñas dosis.

Un vídeo: ¿Qué es la ciencia?

domingo, 19 de abril de 2009

Zorba el griego (3)

Soy un bicho cultural, un enamorado de los libros y del saber. He sido un vendedor de cultura (= profesor) durante muchos años. Creo que siempre he sabido cuestionar la labor de la educación pero, definitivamente, la prefiero a la ignorancia rampante.

Digo todo esto por dejar bien clarito que no propugno ni añoro, sin más, una vuelta a un estado de "buen salvaje". Prefiero la materia culta a la viva y ésta a la materia inerte. Cuando ejercía de profe solía decir a los alumnos:
— Ser materia culta es más que ser materia viva; a su vez, ser materia viva es más que ser materia inerte.
¿Prefieres ser piedra? ¡No problem!: te vas al campo y te quedas quieto-parao en el suelo. Bien quieto, ¿eh?
¡Ah!, ¿que antes te daba la sombra pero ahora te pega el Sol? ¡Mala suerte, machote!: las piedras aún no han desarrollado medios para cambiarse de sitio… ¡Y deja que llegue la noche! ¡Connio, qué fresquillo! Qué bien te iría una chaquetilla, ¿eh? Pues eso. ¿No querías ser piedra?…

Pero ello no quita que el Zorba literario me parezca un bello recordatorio de que la cultura NO lo es todo, de que existe el riesgo de perdernos en y con ella.

Parece que el Zorba real que tanto impresionó a Kazantzakis debía ser parecido al Zorba personaje. Aunque ello es imposible, por simplicidad, los supondré iguales. Así, Alexis Zorba debió de ser excepcional (en el sentido de poco usual), iletrado pero NADA ignorante. Y era excepcional porque los tan peligrosos iletrados e ignorantes son, en comparación, legión.
[Aunque tampoco hay que olvidar que, en el libro, Zorba se pone a ejercer de "ingeniero" y la caga pero bien. Claro, experimentar la vida te puede hacer sabio en algunos aspectos cruciales para vivir, pero no te hará ingeniero…]

En el fragmento de hoy se presenta una de las cualidades principales de Zorba: mantiene la capacidad para seguirse maravillando una y otra vez por algunos de los misterios cotidianos. Algo a lo que, como ya he comentado en este blog alguna vez, la ciencia ayuda muy especialmente (en contra de lo que piensa mucha gente, que sitúa a la ciencia en el extremo de la cultura más alejado de la naturaleza, de la sensibilidad, etc.):
Cada noche, Zorba me lleva de paseo por Grecia, Bulgaria y Constantinopla; cierro los ojos y veo. Ha recorrido los Balcanes embrollados y atormentados, lo ha observado todo con sus ojillos de halcón, que abre desmesuradamente a cada instante, llenos de estupor. Las cosas a las que nosotros nos hallamos acostumbrados y ante las cuales pasamos indiferentes, se le presentan a Zorba como tremendos enigmas. Si ve a una mujer que pasa, se detiene estupefacto:

— ¿Qué misterio es éste? —pregunta—. ¿Qué es una mujer y por qué nos sorbe el seso tan fácilmente? ¿Qué significa eso, dímelo tú?

Con idéntico estupor plantea el interrogante en presencia de un hombre, de un árbol en flor, de un vaso de agua fresca. Zorba ve cada día todas las cosas por vez primera.

Ayer nos habíamos sentado ante la barraca. Después de beber un vaso de vino me preguntó alarmado:

— ¿Qué viene a ser, en verdad, esta agua enrojecida, patrón? Dilo. Una vieja cepa echa ramas, hay en ellas unos como adornos ácidos colgados, y pasa el tiempo, y el sol los madura; se ponen dulces como miel y se les llama entonces uvas; se las pisa, se pone el zumo extraído en unos toneles; allí fermenta solo, se le destapa el día de san Jorge bebedor ¡y es vino! ¡Qué prodigio! Bebes el zumo rojo y tu alma se te acrecienta, no cabe ya dentro de tu pellejo, se siente con ánimos de desafiar a Dios mismo a que lidie contigo. ¿Qué significa eso, patrón? Explícamelo tú.

Yo no hablaba. Sentía, al escucharlo, que se renovaba ante mí la virginidad del mundo. Todas las cosas cotidianas y descoloridas volvían a adquirir el brillo con el que se habían presentado los primeros días, recién salidas de las manos de Dios. El agua, la mujer, la estrella, el pan, retornaban a la misteriosa fuente primitiva, y el torbellino divino se desencadenaba de nuevo en el aire.

Y ésta es la razón por la cual cada noche, tendido en el guijarral de la ribera, esperaba a Zorba impacientemente.

jueves, 16 de abril de 2009

Zorba el griego (2): una decisión cortante

Un instante precioso del libro es cuando Zorba explica cómo perdió un dedo que le falta. Dos cuestiones al respecto:
  • El fragmento es muy breve, condensado. En un momento habla del acto creador del alfarero, de la libertad y de su dedo. ¡Genial!, porque cómo leí el libro tras leer al ultracondensador Augusto Monterroso, una de las pocas sensaciones negativas que tenía al leer "Zorba el griego" era que le sobraban unas páginas… (¡Cuidadín!, que no pretendo hacer una crítica literaria. ¡Sólo faltaría! De hecho, estoy seguro que de esta manía me curaré. Sólo es una alergia pasajera: ¡con lo que me enrollo! ;-)
  • Al Zorba de verdad ¿realmente le faltaba un dedo? Me gustaría saberlo. Creo que ello arrojaría pistas sobre cómo se ajusta el personaje (en 2 D) al Zorba real (3D).
El caso es que en un punto "el autor" pregunta a Zorba sobre el dedo que le falta:

— ¿Te lo llevó alguna máquina?– insistí.
— ¿A qué viene hablar de máquinas? Yo mismo me lo corté.
— ¿Tú mismo? ¿Por qué?
— Tú no puedes entenderlo, patrón– dijo encogiéndose de hombros–. Ya te conté que trabajé en todos los oficios. Así pues, en una ocasión hice también de alfarero. Es un oficio que me gustaba con locura. ¿Sabes lo que significa eso de coger un puñado de barro y hacer con él lo que se te antoje? ¡Frrr! Haces girar el torno y el barro gira enloquecido, mientras tú, inclinado sobre él, te dices: haré un cántaro, haré un plato, haré una lámpara o el demonio! Eso es lo que se llama ser hombre: ¡libertad!

Se había olvidado del mar, no mordisqueaba el limón, la mirada lucía clara.
— ¿Entonces –pregunté–, y el dedo?
— Pues, verás: me molestaba en el torno, Se me metía en lo mejor y desconcertaba mis planes. Entonces, un día cogí la hacheta...
— ¿Y no te dolió?
— ¿Cómo no iba a dolerme? No soy de leña, soy un hombre. Pero ya te digo, me molestaba en el trabajo. Y lo corté.

Por estos lares se dice “¡Con un par!”… Un hombre de acción, desde luego…

Hay otro momento en que el autor vuelve a hacer hablar a Zorba sobre la libertad que, contándole cosas sobre un usurero, se marca esta reflexión:

— Eso es la libertad. Tener una pasión, amontonar monedas de oro, y repentinamente dominar la pasión y arrojar el tesoro a todos los vientos. Liberarse de una pasión para someterse a otra, más noble. Pero ¿no es ésta, también, una forma de esclavitud? ¿Brindarse en aras de una idea, de la raza, de Dios? ¿O es que cuanto más alto se halle el amo más se alarga la cuerda de nuestra esclavitud? Podremos así holgarnos y retozar en unas arenas más amplias y morir sin haber hallado el extremo de la cuerda. ¿Acaso sería eso lo que llamamos libertad?

Me detuve un instante en la playa para mirar entorno. La santa soledad se extendía ante mí, triste, fascinadora, como el desierto. El poema búdico se alzó del suelo y se infiltró hasta lo hondo de mi alma. «Cuándo, pues, me retiraré al fin a la soledad, solo, sin compañeros, sin alegrías ni tristezas, acompañado solamente de la santa certidumbre de que todo no es más que sueño? ¿Cuándo, con mis andrajos –sin deseos–, me retiraré feliz a la montaña? ¿Cuándo, viendo mi cuerpo reducido sólo a enfermedad y crimen, vejez y muerte –libre, sin temor, lleno de regocijo–, me retiraré a la selva? ¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?»

¡Qué chulo! Pero me parece literatura poner en boca de un iletrado cómo Zorba la frase inicial: ¡me parece que se ve que ambos párrafos han sido no sólo escritos sino “dichos”, “procesados” por el autor. Aún así me parecen preciosos…

lunes, 13 de abril de 2009

La esfera celeste

El cielo gira… ¡aparentemente!
Si haces click en la imagen accederas al video del que hablo. La foto
también está extraída de APOD.


Hoy la página APOD (la foto astronómica del día) nos ha servido una de esas fotos fundamentales que cualquier persona debiera haber visto y comprendido alguna vez en su vida.
Bueno, realmente no es una foto sino un montaje de muchas fotos en forma de película. Y, aparentemente –pero ¡menuda apariencia!—, muestra cómo gira el cielo alrededor de la Tierra. No sé si te percatas de que la idea de que la Tierra es el centro del universo (Geocentrismo) está incluída en dicha interpretación. Y, ¡poca broma!, quemaban a la gente que defendía lo contrario…

Eso era lo que pensaba la humanidad que sucedía (a excepción de unos pocos "pirados", que eran los que se arriesgaban a que la Inquisición los pescase-quemase) hasta "hace cuatro días". ¡Claro que eso no es una prueba de que la mayoría de los seres humanos seamos gilipollas!: lo normal es pensar que es el cielo el que gira; el efecto es muy poderoso y se requiere no poca abstracción para decidir que las cosas son al contrario de lo que parecen: es nuestro planeta quien gira.

Y, sin embargo, la idea de esfera celeste, "en reposo", que nos envuelve y en cuyo centro gira la Tierra sigue utilizándose: es la que nos permite dar las posiciones estelares…

¡Largo recuerdo a Aristarco de Samos, Giordano Bruno, Copérnico, Galileo, Kepler…!

sábado, 11 de abril de 2009

Zorba el griego (1): 99% acción

Al hilo del tema de los opuestos tratado en el post anterior, el caso es que Zorba sería un hombre de acción 100% (o casi). El otro protagonista, quien lo contrata, un teórico, un hombre de letras, un hombre de pensamiento, un papiróvoro, que vendría a representar el polo opuesto a Zorba.

Una de las muchas cosas que me gustan del libro de Nikos Kazantzakis es que Alexis Zorba existió en realidad y, realmente, era un hombre de acción. Las fotos de ambos marcan claramente su personalidad.


Y, realmente, fue contratado por Kazantzakis en alguna ocasión. Así que el libro se convierte en un trasladar a las dos dimensiones (2D) de unas hojas de papel a dos personajes reales, realmente tridimensionales (3D). Así, una parte del juego literario (paso de 3D a 2D) queda perfectamente a la vista:
  • las necesarias idealizaciones: bellas en muchas ocasiones, aunque imperfectas; útiles, como intenté contar que sucede en la ciencia
  • las inevitables pérdidas de riqueza al eliminar una dimensión (¿quieres decir que sólo se pierde una dimensión?)
[Jejeje… Me río sólo pensando en todo ese rollete de que el espacio-tiempo son no-sé-cuantas dimensiones: ¡debe ser en las dimensiones extras que nos andan acechando la rica variedad de malestares y puñeterías con que la vida nos regala! Y por eso, ¡zas!, hoy va y me encuentro mal, de golpe, sin más… Jejejeje… ¡Vete, maldito mal rollo, a tu séptima dimensión!)]
  • la posibilidad de juguetear con el tiempo: ahora pasas rápido, ahora más lento (para captar detalles imposibles de una belleza que maravilla), ahora todo sucede en tiempo real, etc. ¡Vaya engañifla –desde el punto de vista físico– más fructífera y placentera!
Sea cómo sea el libro habla de dos opuestos. Pero lo bueno es que es uno de los polos (Kazantzakis) quién escribe de ambos, con la admiración y la añoranza del que desea aquello que no posee —y en éste caso no se trata de una chorrada sino de algo crucial—. Zorba es un vividor, un experto sobre la vida, podría decirse. Como todo experto, ha cometido gravísimos errores, pero ahí está: iletrado pero, en el fondo, un sabio. Ya ha aprendido a domeñar sus malestares, a disfrutar de cada momento, de cada detalle que la vida le muestra. Todo muy literario, pero mucho más que literario. Decía Kazantzakis (remarco algunos fragmentos en cursiva):
"A menudo he querido narrar los hechos y hazañas de Alexis Zorba, un viejo jornalero al que he querido mucho.

En el curso de la vida, mis mayores benefactores han sido los viajes y los sueños. Los hombres, muertos o vivos, me han ayudado poco en mi lucha. Sin embargo, si yo quisiera distinguir a los hombres que han dejado una huella más profunda en mi alma, quizá me decidiera por Homero, Buda, Bergson, Nietzsche y Zorba.

El primero ha sido para mí el ojo apacible y resplandeciente, como el disco solar, que ilumina el universo con su brillo redentor. Buda, la pupila tenebrosa e inaccesible en la que el mundo se ahoga y se libera. Bergson me ha liberado de determinadas preguntas filosóficas sin respuesta, que me atormentaron en mi primera juventud. Nietzsche me ha enriquecido con nuevas angustias y me ha enseñado a transustanciar la desdicha y la amargura en orgullo. Y Zorba me ha enseñado a amar la vida y no temer a la muerte.

Si en mi existencia tuviera que elegir un guía espiritual, un gurú, como dicen los hindúes, o un Viejo, como dicen los monjes del monte Athos, seguramente eligiría a Zorba.

Porque precisamente él tenía lo que un emborronacuartillas necesita para salvarse: la mirada primitiva que otea, como una flecha, a su presa; la ingenuidad creadora, renovada cada mañana, que permite ver incesantemente el universo por primera vez e imprime virginidad a los elementos eternos y cotidianos —el viento, el mar, el fuego, la mujer, el pan—; una mano firme, un corazón fresco, el valor de burlarse de su propia alma y, finalmente, la risa sonora y salvaje, surgida de una fuente profunda, más profunda todavía que las entrañas del hombre, que brota redentora del viejo pecho de Zorba en los momentos críticos; y cuando brotaba, podía derribar, y de hecho derribaba todos los muros —moral, religión, patria— que el hombre miserable y pacato ha levantado en su torno para andar despacito y eon seguridad a lo largo de la vida.

Cuando pienso en el alimento que durante tantos años habían ofrecido los libros y los maestros a un alma hambrienta y en la sustancia que Zorba me ofreció en algunos meses, apenas puedo contener mi amargura y mi furor. He perdido mi vida por una casualidad: he encontrado demasiado tarde a este anciano, cuando ya lo que podía salvarse dentro de mí era insignificante. El giro en redondo, el cambio total de frente, la epopeya y la renovación no se realizaron. Era demasiado tarde. Así, en lugar de que Zorba fuera para mí un elevado e imperativo modelo de vida, se convirtió, ay, en un tema literario, para que yo emborronara más cuartillas.

Este triste privilegio de hacer arte de la vida es nefasto para determinados espíritus carnívoros. Pues de ese modo, la pasión violenta, al encontrar una salida, se escapa del pecho y se alivia el alma; no sofoca, no plantea la necesidad de luchar cuerpo a cuerpo, de tomar parte directa en la vida y en la acción. Al contrario, el espíritu se alegra admirando su violenta pasión, que asciende por el aire en volutas y luego se extingue.

El espíritu no sólo se alegra sino que también se enorgullece; cree haber cumplido una obra de la mayor importancia transformando el instante efímero e irremplazable el único en el tiempo que tiene carne y sangre y convirtiéndolo en eterno.

De este modo Zorba, hecho de carne y hueso, se convirtió entre mis manos en tinta y papel. Sin quererlo, deseando exactamente lo contrario, comenzó a cristalizar en mí el mito de Zorba. El trabajo clandestino comenzó en mis entrañas; al principio, una agitación musical, una voluptuosidad y un febril malestar, como si algún cuerpo extraño se hubiera metido en mi sangre y mi organismo luchara por desembarazarse de él, por destruirlo asimilándolo. En torno a este núcleo, las palabras comenzaron a agolparse, a cercarlo y nutrirlo como si fuera un feto. Los recuerdos vaporosos se solidificaban, las alegrías y penas ahogadas emergían, la vida se desplazaba a través de un aire más ligero. Zorba se convertía en un cuento de hadas. Yo ignoraba aún qué forma dar al relato de Zorba: novela, canto, relato imaginario de Halima; o bien transcribir secamente las palabras que me decía en una playa de Creta, donde habíamos vivido, donde cavamos la tierra para encontrar, aparentemente, lignito. Nosotros sabíamos que este fin material era un pretexto, un arrojar pimienta a los ojos del mundo, y que nosotros teníamos prisa, deseábamos que el sol se pusiera, que los obreros dejaran el trabajo, para instalarnos ambos en la playa, comer el buen pan campesino, beber nuestro seco vino de Creta y entablar conversación.

La mayor parte del tiempo, yo permanecía en silencio. ¿Qué puede decir un intelectual a un «ogro»? Le escuchaba hablarme de su pueblo en las faldas del Olimpo, de la nieve, los lobos, los milicianos, Santa Sofía, el lignito, las mujeres, Dios, la patria y la muerte; y cuando se atascaba y el marco de las palabras le resultaba demasiado estrecho, se alzaba de un salto sobre los gruesos guijarros de la ribera y se ponía a bailar.

Sólido, erecto, huesudo, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos pequeños y redondos de un pájaro, bailaba, aullaba, golpeaba la orilla con sus grandes pies y regaba mi rostro con agua de mar.

Si yo hubiera oído su voz, o más que su voz, su grito, mi vida hubiera tenido un valor; viviría con mi sangre, mi carne y mis huesos lo que ahora sueño como un fumador de hachís y realizo con pluma y papel. Pero no me atreví. Veía a Zorba bailar noche y día relinchando, gritándome que saltara yo también fuera del caparazón confortable de la prudencia y la costumbre, para partir con él hacia largos viajes sin retorno, y yo permanecía inmóvil, transido.

A menudo me ha pasado en la vida tener vergüenza por haber sorprendido a mi espíritu no atreviéndose a hacer lo que el supremo delirio la sustancia misma de la existencia me pedía hacer. Pero jamás me he avergonzado tanto de mí como ante Zorba.

Un día al amanecer, nos separamos. Yo tomé de nuevo el camino del exilio, atacado por la incurable enfermedad fáustica del saber. Él se dirigió hacia el norte para terminar en Serbia, y en una montaña de leucolitos, embaucar a algunos ricachos, comprar herramientas, contratar obreros, ponerse a abrir galerías en la tierra. Dinamitó rocas, hizo caminos, llevó agua, construyó una casa, se casó viejo aún muy verde con una alegre y bonita viuda, Liuba, y tuvo un hijo con ella.
Extraído del prólogo de Zorba el griego escrito por Nikos Kazantzakis para la edición griega.

Yo cada día me siento más en el polo opuesto a Zorba. No me arrepiento de mi posición, de mi pasión por los libros, lo cuál no quita para que me resulte atrayente y, sobre todo, educativo ver en acción a Zorba.

miércoles, 1 de abril de 2009

Zorba el griego (0): opuestos

Los términos opuestos (dulce-salado, bueno-malo, alto-bajo, blanco-negro…) parecen de gran utilidad para andar por la vida. Si tu edad es superior a, pongamos, 25 años es de esperar que hayas “averiguado” algunas cosas al respecto:
  • que aparte de útiles pueden ser muy peligrosos: originan todo tipo de guerras entre los bandos “opuestos”, cada uno con la manía de exterminar a “los otros”. También originan esa lucha personal, inacabable e ineludible entre el YO y el resto del mundo
  • que son ideas inalcanzables (inexistentes, de hecho, fuera de nuestras cabezas)
  • que resultan un reclamo comercial superutilizado: el nuevo detergente lava más blanco (pese a que el anterior lavaba que “más blanco ¡imposible!”); ése nuevo monitor en el que andas planeando gastarte la pasta da negros más negros, etc, etc, etc, etc
  • lo glorioso y omnipresente de “los grises” o estados intermedios
Me voy a des-centrar un poco alrededor de su utilidad.

La ciencia permite, como nada que yo conozca, comprender la utilidad e inexistencia de conceptos opuestos. Por ejemplo: en electricidad son fundamentales los conceptos de aislantes y conductores, los materiales que no dejan pasar la corriente eléctrica a través suyo y los que sí. Pero coge un aislante y somételo a 1000 voltios, a un millón, a mil millones… y verás si acaba conduciendo. De hecho, el aire es un material más cercano al extremo de los “aislantes” que al de los “conductores”. Pero ¡menudos rayos (= megachispas) que se llegan a moverse por la atmósfera!. Eso sí, la ciencia casi casi ha alcanzado el extremo de los “conductores perfectos” con los llamados superconductores.

En ciencia se aprende rápidamente que se trata de conceptos ideales, que podríamos imaginar como los extremos de un segmento. En dicho segmento podríamos ir colocando “la madera” (más cerca de los aislantes que de los conductores), “el vidrio” (aún más cerca de los aislantes que la madera), el cobre (más cerca de los conductores), etc.

También encontramos conceptos ideales que permitirían dibujar una semirrecta, con un solo extremo: el concepto de gas ideal, el de cuerpo negro… Y es divertido ver que uno se hincha de hacer problemas sobre gases ideales.

— Pero ¡si no existen!

¡Ya!, pero permiten que nos acerquemos a comprender a los gases reales, ¡mediante cálculos muy sencillos! Vamos, ¡una joya de concepto!



Y todo esto, ¿a qué fin viene?

Pues a que, próximamente, espero escribir sobre “Zorba el griego” y, para ello, necesitaba haber hablado algo sobre el tema de los opuestos…

Que ¿qué tal Zorba el griego? Pues muy bien, ya te iré contando…

Por el momento, ahí va un fragmento delicioso que habla del exceso energético que supone ser joven, y de la violencia en el mundo (detestable y ¿parece que necesaria?)…
Una espuma liviana en la playa. Las nubes se habían dispersado, brillaba el sol y la recia Creta sonreía, apacible.
Zorba volvió el rostro hacia mí con una mirada burlona.

— Por cierto que te imaginas, patrón, que ahora me meteré en el cuento de las cabezas turcas que corté y de las orejas que puse en alcohol, como suele hacerse en Creta... ¡No diré nada de eso! Me fastidia y me avergüenza. ¿De dónde surgirá ese impulso rabioso, me lo pregunto ahora con los sesos un poco más asentados, de dónde surgirá ese impulso que nos lleva a arrojarnos contra otro hombre, que no nos causó daño alguno, para morderlo, cortarle la nariz, arrancarle la oreja y destriparlo, al mismo tiempo que invocamos la ayuda de Dios? ¿Por ayuda entendemos que Él también se ponga a nuestro lado y corte narices y orejas y abra vientres en canal?

— Pero en aquella época, ya lo ves, me hervía la sangre, ¿cómo, entonces, detenerme a considerar este asunto? Para que uno piense justa y honradamente, es menester la calma, la edad y la carencia de dientes. Cuando te faltan los dientes, fácil es decir: "¡Qué vergüenza, muchachos, no mordáis!" Pero cuando aún tienes treinta y dos dientes fuertes... El hombre es una fiera, cuando joven. ¡Sí, patrón, un animal carnicero, devorador de hombres!

Meneó la cabeza.

— Se come también a los carneros, a las gallinas, a los cerdos, pero si no devora hombres, no, no le queda satisfecho el apetito.

Y agregó, aplastando la colilla en el platito de su taza de café:

— No, no le queda satisfecho el apetito. ¿Qué dices tú de eso, sapientísimo?

Y sin esperar respuesta:

— Qué podrías decir tú? –dijo, como si me sopesara con la mirada–. A lo que entiendo, tu señoría nunca sintió hambre, nunca mató a nadie, nunca robó, nunca cometió adulterio, ¿qué puedes saber, pues, del mundo? Sesos de inocente, carne que no sabe del sol... –murmuró con evidente desdén.

Y yo sentí vergüenza de mis manos delicadas, de mi rostro pálido y de mi vida sin salpicaduras de sangre y lodo.

— ¡Sea! –dijo Zorba pasando la pesada mano sobre la mesa como quien borra con una esponja–. ¡Sea! Sin embargo, una sola cosa querría preguntarte. Tú has hojeado muchos libros, quizá lo sepas...

— Pregunta, Zorba, ¿de qué se trata?

—Ocurre aquí una cosa milagrosa, patrón... Un curioso milagro, que me desconcierta. Porque todo eso, canalladas, rapiñas, matanzas, que cometimos nosotros, los rebeldes, acabó por traer al príncipe Jorge a Creta, es decir ¡la Iibertad!

Me miró abriendo mucho los ojos, con estupor.

— ¡Ese es el misterio -murmuró-, un hondo misterio! Así pues, para que haya libertad en el mundo, ¿es necesario que haya también tantos asesinatos, tantas canalladas? Porque si me diera por ponerte a la vista todo cuanto hemos hecho en materia de atrocidades y crímenes, se te pondrían de punta los pelos. Y, sin embargo, el resultado de aquello, ¿cuál fue? ¡Pues la libertad! En lugar de consumirnos con un rayo del cielo, Dios nos concede la libertad. ¡Yo no lo entiendo!

Me miró como pidiendo socorro. Comprendíase que aquel problema lo había torturado sin hallarle explicación.

— ¿Tú lo entiendes, patrón? -preguntó con tono angustioso.

¿Comprender qué? ¿Decirle qué? O bien que lo que llamamos Dios no existe, o bien que lo que llamamos crímenes y atrocidades son imprescindibles en el combate para la liberación del mundo.

Esforcéme en dar para Zorba, con una expresión más sencilla.

— ¿Cómo germina una planta y da flores en el estiércol y con la inmundicia? Debes decirte, Zorba, que el estiércol y la inmundicia son el hombre, y la flor, la Iibertad.

— Pero la semilla? -dijo Zorba dando un puñetazo en la mesa-. Para que nazca una flor es necesaria la semilla. ¿Quién sembró esa semilla en nuestras sucias entrañas? ¿Y por qué la semilla no germina y da flores en un campo de bondad y de honradez? ¿Por qué requiere sangre e inmundicias?

Sacudí la cabeza.

— No lo sé -dije.

— Quién lo sabe?

— Nadie.

— Pues entonces -gritó Zorba con desesperado acento, echando en torno miradas salvajes-, ¿para qué barcos, y máquinas, y cuellos postizos?

Dos o tres pasajeros maltratados por el mar y que bebían café en la mesa cercana, se reanimaron sospechando la inminencia de una disputa y prestaron oído. Eso desagradó a Zorba. Bajó la voz:

— Dejémoslo -dijo-. Cuando medito en ello me dan ganas de romper lo que tenga a mano, una silla, una lámpara o mi propia cabeza contra la pared.